martes, 13 de abril de 2010

Contestando a la Bruni-Bloger

Le aseguro, estimada Brunisolda, que mis propósitos de seriedad en este submarino son sinceros, pero, sin querer, espontáneamente, a lo tonto, me brota la vena bobalicona, se me va el santo al cielo, me asalta una irreprimible necesidad de chanza súbita, de chirigota inopinada, de cuchufleta irreverente, de mamonada cutre, de guasa irreprimible… Porque nada me aterra más que asomarme a ese negro abismo en el que los humanos contemplan la propia existencia como si de un inamovible paradigma se tratara.
La rutina laboral me exige una circunspección absoluta, una precisión exhaustiva, una manipulación delicada, una planificación certera, una concentración rigurosa, y tengo prohibido expresamente que nadie (ni nada) me distraiga en el sagrado altar de las obligaciones profesionales. Pero paso muchas horas en el trabajo (“afortunadamente”) y la tensión, como si de una enfermedad insidiosa se tratara, se acumula en el cerebro hasta convertirlo en una olla a presión.
Por todo ello, ¿no es lícito un poco de irreflexión?, ¿no es permisible un ápice de locura, un atisbo de atolondramiento, una pizca de ligereza?
Y después de todo, volviendo a la entrada motivo del litigio, ¿no nos comportamos en cierta forma como las hormigas? (Exceptuando la vagancia del macho, claro) ¿No creemos-y creamos, como ellas- esquemas sociales, leyendas y religiones para intentar escapar de lo que desconocemos? ¿No somos también súbditos de reinas con nariz operada?
Todo el día trabajando, rodeados por ese opresivo halo de seres responsables, individuos laboriosos y productivos, modelos intachables, entelequias sesudas y cabales con horario de 10 a 2 y de 4 a 8 ¿No nos merecemos una desconexión liberadora? ¿No necesitamos que el destino nos depare una rendija por donde escabullirnos?
¿No constituye lo surrealista, lo irónico, lo abstruso, lo humorístico, una magnífica forma de huir hacia delante, de intentar obviar nuestras cadenas?
Porque creo firmemente que no tomarse demasiado en serio es una herramienta muy útil para tratar de conocerse.
Aunque la mayoría de las veces sea en vano.

Beso su mano, princesa.
Y si se tercia, su codo y su hombro.

domingo, 11 de abril de 2010

Cuidado con la hormiga:¡Muerde!

Hoy, harto de contar pijadas en este blog , me pongo serio para hablaros de un animal hexápodo-pterygoto que pertenece al orden de los himenópteros y a la familia de los formícidos (no confundir con” fornicidios”).En concreto voy a hablaros de las Lasius Tordonensis Sidreras, que pa qué vamos a darle vueltas,son las hormigas de mi jardín.
Y cuando -como un bobalicón- me paso las horas muertas contemplándolas- me asaltan las dudas: ¿Son tan trabajadoras como parecen? Con esto de la crisis, ¿tendrán paro? ¿Estarán organizadas en sindicatos? ¿Es verdad que los machos no viven nada más que para comer y aparearse? ¿Será cierto-¡ay que miedo!- que estos holgazanes mueren después del vuelo nupcial?
Y cuando un servidor-aprovechando el tiempo primaveral - sale al jardín a tomar el café ¿me verán como a un Dios? O por el contrario,¿ me verán como a un monstruo con botas de siete leguas?
¿Seré para ellas un OVNI? ¿Estarán extrañadas de que, si soy inteligente, no trate de comunicarme con su especie? ¿Será verdad que su mandíbula se cierra a una velocidad cercana a los 230 Km/hora? A esa velocidad, ¿se les descoyuntará alguna vez la articulación temporo-mandibular? ¿Irán al dentista?
¿Será cierto que las reinas viven 30 veces más que las obreras? ¿Tendrá su reina operada la nariz?...
No lo sé, todo son dudas, pero aprovechando que James Cameron vino a mi casa a comer, las pillamos in fraganti:

Y como a alguno de vosotros se le ocurra ver- fuera del domicilio habitual -este magnífico e irrepetible documental sobre la fauna ibérica, avisaré a los de la SGAE para que os cobren el sobrecanon referido al disfrute y lucro de la creatividad ajena.

¡Hala, por listos!

lunes, 5 de abril de 2010

PAGAFANTAS

Todo en ella me encanta, incluida su alma. Se llama Eva, y aunque trato desesperadamente de convertirme en su Adán, no encuentro la forma de conseguirlo.
Y me hipnotiza-entre otras cosas- la mirada cariñosa con la que me obsequia cada vez que la espero a salida del trabajo o cuando la acompaño a hacer la compra al Hipercor.
Puestos a poner pegas, existe un matiz en su mirada que no acaba de convencerme, y es el brillo de sus ojos azules cuando mira a Mario, un surfero que tiene tres novias…y cuatro en lista de espera.
Mi adorada Eva dice que soy su mejor amigo, una de las pocas personas que la comprenden.
Y también dice que juntos formamos el mejor equipo del mundo.

El otro día fuimos a una fiesta de cumpleaños, y el intenso calor propició que yo me tomara un par de cervezas. Ofuscado por los grados de temperatura del local y envalentonado con los de la Heineken, sentí crecer en mi interior un arrojo inusitado y así, en el momento en que sonaba “Con su blanca palidez” me sinceré:
-Eva, te parecerá una tontería, pero ¿sabes qué cosa me haría el hombre más feliz del mundo?
Ella me miró sorprendida
- …Pues esa cosa sería que tú me dieras un beso…
Esbozó su consabida sonrisa y me contestó dulcemente:
-¡Pero hombre de Dios! ¿Por qué no lo dijiste antes? ¡Eso tiene fácil arreglo!
Y colocando sus cálidas manos sobre mis mejillas, acercó su cara a la mía y me miró fijamente. Fueron tan solo unos segundos, pero yo los viví como si todo sucediera a cámara lenta. Y a medida que se aproximaba, noté cómo la sangre se agolpaba en mis sienes, como un intenso escalofrío recorría mi espalda y un incómodo latido golpeaba mi boca entreabierta.
Ante lo inevitable, cerré los ojos…
Y no los volví a abrir hasta que noté la tibieza de sus delicados labios…sobre mi frente.
Y en aquel preciso instante, todavía aturdido por los vapores etílicos, mi cerebro tomó dos decisiones:
La primera, que tendría que esforzarme en olvidarla.
La segunda…
La segunda, que no me lavaría la frente en las próximas tres semanas.

EVOLUCIÓN

domingo, 21 de marzo de 2010

Tanatología(o "Cómo aceptar la propia muerte sin morir en el intento)

El posmodernista Barnes, multilaureado escritor británico, clasifica a la especie humana según las distintas actitudes mostradas ante la muerte:
En lo más alto del podio sitúa a aquellos que poseen una robusta fe religiosa y -como consecuencia lógica - no temen en absoluto a la muerte. En el segundo escalón se encontrarían los ateos convictos que, a pesar de la ausencia de esperanza en un hipotético paraíso, no experimentan ninguna inquietud ante la propia contingencia. Un peldaño más abajo lo ocuparían los individuos que ,incluso pertrechados en una sólida convicción religiosa, no pueden evitar el ancestral y recurrente miedo a la parca.
Por último, en la parte más baja de este tétrico escalafón, estarían aquellos que no poseen motivación religiosa alguna, pero que se sienten invadidos por un temor profundo, persistente y visceral ante el hecho irremediable de la definitiva desaparición.
Pues bien, inmerso en ese último pelotón de los torpes, entre esos pringaos que se quedan fuera del medallero, entre los jodidos especímenes descabalgados del podio, allí me encuentro yo.
Y digo jodidos porque es en este grupo donde más se acumula el trabajo ,ya que, incapaces de comprender ni sublimar la propia evanescencia, no nos queda más remedio que buscar sin descanso argumentos que hagan más llevadero el amargo cáliz que constituye la propia y fatal desaparición.
Y acto seguido–inevitable como la muerte misma- se plantea la pregunta evidente: ¿Dónde buscar?
La gente cartesiana, -como es el caso del que suscribe-, apelando al dudoso principio de autoridad, piensa que la gente intelectualmente preparada (que existe o ha existido) poseerá una argumentación sólida que permita asumir -o en su defecto hacer más llevadero –ese oscuro tránsito hacia la Nada.
Es decir, que – y resumiendo en un aforismo-, “cuando de la muerte se trata, nos volvemos librescos”.
Pero el resultado de la búsqueda es tan confuso y largo de explicar, que mejor os lo cuento otro día…

Sí, ya lo sé, no hace falta que insistáis, con estos temas tan divertidos soy la alegría de la huerta…

martes, 16 de marzo de 2010

El amor en los tiempos de la gata



Por extraño que parezca, mi relación con los animales no fue fruto de una decisión libremente adoptada sino una fatal jugarreta del destino.
Porque fue un inescrutable designio el que hizo que mi hija Helena -alocada adolescente, valga la redundancia- me pusiera entre la espada y la pared:

-“O la moto, o el gato”.

Y como cabe esperar de un padre responsable, y pensando en la cantidad de tiritas que me iba a ahorrar, opté sin dudar por la segunda opción. Una opción blanca y juguetona a la que su dueña bautizó como “Ari”, persa peluda cuyo nombre nunca supe si hacía alusión al personaje mitológico o a la cantante de hip-hop.
Pero “tempus fugit” ,y sin que yo me diera cuenta, niña y gata crecieron con rapidez y la primera –casi sin avisar- cambió el nido paterno por la universidad lejana.
Y así, desde ese instante, sin comerlo ni beberlo, mi tibia relación con el felino se transformó en cercanía rutinaria, en amistad cómplice, en afecto sincero. Y este bucólico entorno se sublimó hasta convertirnos en pareja de hecho.
Y como ocurre en cualquier pareja, hubo altibajos, peleas, discrepancias, mucho cariño, bastante tolerancia y un poco de resignación mutua.
Pero un buen día me maulló al oído:
-“Te voy abandonar por un persa precioso, que – entre otras virtudes-no está todo el día quejándose de que le dejo lleno de pelos el sofá”.
-“Y además es más guapo”- sentenció.
Sufrió mi ego por lo segundo, pero sintió un gran alivio por lo primero.
Y así, con una sensación agridulce, nuestra relación terminó para siempre.
Desde entonces me he prometido que jamás volveré a entregar mi afecto a alguien que no cotice a Hacienda o que no sea capaz de comentar conmigo las noticias del Telediario.

Nunca entenderé a los animales.

A los de dos patas, tampoco.

domingo, 14 de marzo de 2010

No me beses, que llevo chanclas

Estoy cabreado, frenético, lleno de furia, indignado, iracundo, rabioso…
Y lo que es peor, lo estoy conmigo mismo.
Y esto es así porque me estoy dando cuenta de que comienzo a adoptar como propia esa estúpida costumbre, tan de moda en la actualidad, que consiste en encasquetarle dos besos a cualquier desconocido o desconocida que te presenten.
Y no lo entiendo. Porque yo siempre fui de un solo beso. Y así me comportaba hasta hace bien poco con las personas que realmente quiero: A mis hijos solo les doy un beso, y si una mujer me gusta de veras, tan solo le doy un único y sentido beso (eso sí, de dos horas de duración, ver foto).


El otro día me presentaron al director de un banco y yo, ni corto ni perezoso, impelido por la rutina, le encasqueté dos sonoros besos en la mejilla. ¿Podéis creerme si os digo que desde entonces me mira con otros ojos?
Pero lo que yo quiero no es que me mire con dulzura, sino que me rebaje el importe de la hipoteca.

Una variante del mismo palo -que ahora se estila entre los hombres- es la del efusivo abrazo. Hay verdaderos especialistas. Sin ir más lejos, conozco a un representante de comercio que cada vez que me visita, me achucha como si yo fuera su osito de peluche. Es un gran tipo. Y cuando digo grande me refiero a que mide dos metros y pesa 150 kilos. Y al verlo entrar por la puerta no puedo evitar un incontrolable tembleque y comienzo a acordarme-no sé por qué- del pobre rey asturiano Favila (al que Dios tenga en su gloria).

Yo creo que esto de los besos debe ser un contagio geográfico con origen en la vecina Francia. Y es que los franceses siempre fueron muy besucones. ¿Os habéis fijado en el Tour de Francia? Al ciclista que gana la etapa, las azafatas le dan ¡4 besos!
¡Coño, eso no es una azafata, es un limpiaparabrisas!

En fin, estimados blogueros, que si algún día me veis por la calle, por favor, dadme un solo beso.

Bueno, podéis darme dos, el segundo no os lo tendré en cuenta.