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sábado, 26 de junio de 2010

Sapos y reproductores

Antes de que se le fuese definitivamente la olla, Rousseau decía cosas tan didácticas como esta:”Hay un libro abierto para todos los ojos: La naturaleza”
Y hoy, estimados blogueros, me he enterado que los sapillos pintojos ibéricos, una vez finalizada su temporada reproductora en charcas y arroyos, se retiran a las praderas, tranquilos escenarios en los que se deleitan con una vida discreta disfrutando de sus hábitos crepusculares y nocturnos.
Y yo, que observo detenidamente a la fauna, y que ya he cumplido sobradamente con mi compromiso reproductor ante la humanidad- (¡4 hijos únicos!)- me pregunto si no será el momento de comenzar la retirada hacia los verdes prados.
¿Hacia los verdes prados? : No, ni de coña.
De hecho, estoy dudando si volver a sumergirme en la charca o en el arroyo.

Sí, se acabaron las dudas, me lanzo de cabeza al río.

Aunque tenga que nadar contracorriente.

domingo, 11 de abril de 2010

Cuidado con la hormiga:¡Muerde!

Hoy, harto de contar pijadas en este blog , me pongo serio para hablaros de un animal hexápodo-pterygoto que pertenece al orden de los himenópteros y a la familia de los formícidos (no confundir con” fornicidios”).En concreto voy a hablaros de las Lasius Tordonensis Sidreras, que pa qué vamos a darle vueltas,son las hormigas de mi jardín.
Y cuando -como un bobalicón- me paso las horas muertas contemplándolas- me asaltan las dudas: ¿Son tan trabajadoras como parecen? Con esto de la crisis, ¿tendrán paro? ¿Estarán organizadas en sindicatos? ¿Es verdad que los machos no viven nada más que para comer y aparearse? ¿Será cierto-¡ay que miedo!- que estos holgazanes mueren después del vuelo nupcial?
Y cuando un servidor-aprovechando el tiempo primaveral - sale al jardín a tomar el café ¿me verán como a un Dios? O por el contrario,¿ me verán como a un monstruo con botas de siete leguas?
¿Seré para ellas un OVNI? ¿Estarán extrañadas de que, si soy inteligente, no trate de comunicarme con su especie? ¿Será verdad que su mandíbula se cierra a una velocidad cercana a los 230 Km/hora? A esa velocidad, ¿se les descoyuntará alguna vez la articulación temporo-mandibular? ¿Irán al dentista?
¿Será cierto que las reinas viven 30 veces más que las obreras? ¿Tendrá su reina operada la nariz?...
No lo sé, todo son dudas, pero aprovechando que James Cameron vino a mi casa a comer, las pillamos in fraganti:

Y como a alguno de vosotros se le ocurra ver- fuera del domicilio habitual -este magnífico e irrepetible documental sobre la fauna ibérica, avisaré a los de la SGAE para que os cobren el sobrecanon referido al disfrute y lucro de la creatividad ajena.

¡Hala, por listos!

martes, 16 de marzo de 2010

El amor en los tiempos de la gata



Por extraño que parezca, mi relación con los animales no fue fruto de una decisión libremente adoptada sino una fatal jugarreta del destino.
Porque fue un inescrutable designio el que hizo que mi hija Helena -alocada adolescente, valga la redundancia- me pusiera entre la espada y la pared:

-“O la moto, o el gato”.

Y como cabe esperar de un padre responsable, y pensando en la cantidad de tiritas que me iba a ahorrar, opté sin dudar por la segunda opción. Una opción blanca y juguetona a la que su dueña bautizó como “Ari”, persa peluda cuyo nombre nunca supe si hacía alusión al personaje mitológico o a la cantante de hip-hop.
Pero “tempus fugit” ,y sin que yo me diera cuenta, niña y gata crecieron con rapidez y la primera –casi sin avisar- cambió el nido paterno por la universidad lejana.
Y así, desde ese instante, sin comerlo ni beberlo, mi tibia relación con el felino se transformó en cercanía rutinaria, en amistad cómplice, en afecto sincero. Y este bucólico entorno se sublimó hasta convertirnos en pareja de hecho.
Y como ocurre en cualquier pareja, hubo altibajos, peleas, discrepancias, mucho cariño, bastante tolerancia y un poco de resignación mutua.
Pero un buen día me maulló al oído:
-“Te voy abandonar por un persa precioso, que – entre otras virtudes-no está todo el día quejándose de que le dejo lleno de pelos el sofá”.
-“Y además es más guapo”- sentenció.
Sufrió mi ego por lo segundo, pero sintió un gran alivio por lo primero.
Y así, con una sensación agridulce, nuestra relación terminó para siempre.
Desde entonces me he prometido que jamás volveré a entregar mi afecto a alguien que no cotice a Hacienda o que no sea capaz de comentar conmigo las noticias del Telediario.

Nunca entenderé a los animales.

A los de dos patas, tampoco.