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domingo, 14 de marzo de 2010

No me beses, que llevo chanclas

Estoy cabreado, frenético, lleno de furia, indignado, iracundo, rabioso…
Y lo que es peor, lo estoy conmigo mismo.
Y esto es así porque me estoy dando cuenta de que comienzo a adoptar como propia esa estúpida costumbre, tan de moda en la actualidad, que consiste en encasquetarle dos besos a cualquier desconocido o desconocida que te presenten.
Y no lo entiendo. Porque yo siempre fui de un solo beso. Y así me comportaba hasta hace bien poco con las personas que realmente quiero: A mis hijos solo les doy un beso, y si una mujer me gusta de veras, tan solo le doy un único y sentido beso (eso sí, de dos horas de duración, ver foto).


El otro día me presentaron al director de un banco y yo, ni corto ni perezoso, impelido por la rutina, le encasqueté dos sonoros besos en la mejilla. ¿Podéis creerme si os digo que desde entonces me mira con otros ojos?
Pero lo que yo quiero no es que me mire con dulzura, sino que me rebaje el importe de la hipoteca.

Una variante del mismo palo -que ahora se estila entre los hombres- es la del efusivo abrazo. Hay verdaderos especialistas. Sin ir más lejos, conozco a un representante de comercio que cada vez que me visita, me achucha como si yo fuera su osito de peluche. Es un gran tipo. Y cuando digo grande me refiero a que mide dos metros y pesa 150 kilos. Y al verlo entrar por la puerta no puedo evitar un incontrolable tembleque y comienzo a acordarme-no sé por qué- del pobre rey asturiano Favila (al que Dios tenga en su gloria).

Yo creo que esto de los besos debe ser un contagio geográfico con origen en la vecina Francia. Y es que los franceses siempre fueron muy besucones. ¿Os habéis fijado en el Tour de Francia? Al ciclista que gana la etapa, las azafatas le dan ¡4 besos!
¡Coño, eso no es una azafata, es un limpiaparabrisas!

En fin, estimados blogueros, que si algún día me veis por la calle, por favor, dadme un solo beso.

Bueno, podéis darme dos, el segundo no os lo tendré en cuenta.