Los ingleses siempre tuvieron fama de “depredadores coloniales”. Las innumerables obras de arte foráneo que exhiben los museos británicos así lo atestiguan. Pero es menester hacer hincapié en que esta preservación de obras de arte no siempre estuvo basada en argumentos encaminados a salvaguardar el “Patrimonio de la Humanidad”.En 1830, las “máquinas devoradoras de templos” y las “piquetas inmisericordes” se agolparon alrededor del perímetro del Taj Mahal. Se pretendía así derruir la magnífica fachada de mármol blanco de esta “lágrima en el rostro de la eternidad”, (como lo definió Tagore), para trasladarla a Londres y facilitar posteriormente su venta en pública subasta.
In extremis, llegó de la capital británica una contraorden para que se detuviera la demolición, pero este cambio de planes no ocurrió por la especial sensibilidad artística de las autoridades competentes, ni tan siquiera por un repentino arrebato de sentido común de las muy atareadas neuronas imperiales.
El verdadero motivo que evitó la irreversible catástrofe fue mucho más prosaico: La subasta realizada en días anteriores del mármol de edificios similares hindúes no habría obtenido los resultados comerciales apetecidos.
Y esas expectativas de negocio ruinoso, fueron las que a mí me permitieron años después- (ahí me veis ,-lechuguino entre dos flores)- disfrutar con la contemplación de este verdadero templo erigido al amor romántico, esta maravilla construida por el Sha Jahan para albergar el cuerpo de su esposa Muntaz Mahal (“elegida de palacio”), que falleció tras alumbrar su decimocuarto hijo.
La idea del apenado marido era enterrarse en otro edificio adyacente que se construiría en mármol negro, pero su austero hijo, Aurangzeb, pensó que, -por aquello de la crisis-, mejor sería invertir el dinero en cosas más provechosas que los sueños amorosos de su padre, al que finalmente encerró en la cercana fortaleza de Agra.
Y allí, preso de la melancolía, paso sus últimos años el triste y depuesto monarca, donde fue sorprendido por la muerte contemplando con nostalgia las sombras de su amor sobre las blancas paredes del Taj Mahal.