Siempre me fascinaron esos seres hermosos, esas Venus pletóricas de misterio y seducción, esas entelequias ininteligibles pero sublimes, esos entes fastuosos a la vez que complicados. Y esto ha sido así desde el comienzo de los tiempos.
En el periodo gravetiense (hace 25.000 años), los humanos elaboraban figurillas desnudas, dotadas de grandes pechos y vientres, vulvas dilatadas, sin rostro, pero con complicados peinados. Algunas carecen de pies y manos, como si sus creadores hubieran querido dotar a estas representaciones únicamente de características sexuales. Algunas incluso presentan huellas de hacer estado cubiertas de ocre, un símbolo más que probable de la sangre menstrual.
Los arqueólogos modernos han sobreinterpretado estas referencias en clave erótica, pero lo cierto es que en aquella época, el hombre (tontorrón desde antiguo) no había aún establecido una relación entre el coito y el embarazo: El misterio del nacimiento, la maravilla de la lactancia y la perturbadora presencia de la menstruación, dotaban a la mujer de un halo de criatura misteriosa y lo elevaban a la categoría de un ser poseído por algún espíritu especial.
No es de extrañar, pues, que la religión primigenia venerase a una “Gran Diosa” en lugar de a un dios.
Y después de tantos años, yo - que soy un poco cavernícola- , continúo adorándolas.
Los arqueólogos modernos han sobreinterpretado estas referencias en clave erótica, pero lo cierto es que en aquella época, el hombre (tontorrón desde antiguo) no había aún establecido una relación entre el coito y el embarazo: El misterio del nacimiento, la maravilla de la lactancia y la perturbadora presencia de la menstruación, dotaban a la mujer de un halo de criatura misteriosa y lo elevaban a la categoría de un ser poseído por algún espíritu especial.
No es de extrañar, pues, que la religión primigenia venerase a una “Gran Diosa” en lugar de a un dios.
Y después de tantos años, yo - que soy un poco cavernícola- , continúo adorándolas.