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sábado, 21 de marzo de 2009

Doctor Taxidriver

El trayecto en taxi desde la “Terminal 4” de Barajas hasta el centro de Madrid, nunca es inferior a los 20 minutos. En ese tiempo, resulta inevitable- mera cortesía- intercambiar alguna palabra con el conductor. Generalmente, ya sabéis, asuntos relacionados con el tiempo o el tráfico.
Ayer, me tocó en suerte un tipo sumamente amable que, tras interesarse por mis actividades universitarias, me comentó que él había ido a charlar en varias ocasiones con los profesores de Física de la institución a la que yo me dirigía.

- Es que yo ¿sabe usted?,-susurró de manera misteriosa,- además de trabajar en el taxi, “hago otras cosas”…

Cuando alguien me dice cosas así, siempre pienso: Otro que escribe, o que quiere escribir, o que quiere ser poeta…
Pero no, la preocupación de aquel hombre se centraba en las incógnitas que la Ciencia no logra despejar, en los interrogantes que permanecen irresolutos tras agotar todos los razonamientos científicos…

-Sí- añadí para no mostrarme descortés-, los científicos explican, por ejemplo, hasta el mínimo detalle el primer milisegundo de la Gran Explosión, pero suelen finalizar sus deducciones con términos que eufemísticamente suelen denominar “horizonte de sucesos” u otras expresiones similares. Vamos, que no tienen ni p.i. de lo que realmente ocurrió.

-¿Un milisegundo dice usted?- me corrigió el docto taxista: Saben con exactitud lo que ocurrió hasta un 10 elevado a -43 segundos después del Big Bang, pero no saben lo que pudo ocurrir antes.

-¿10 elevado a -43 ? …

Asombrado ante la inesperada erudición de aquel hombre, y habiendo llegado a mi destino, me despedí y le deseé suerte en sus investigaciones.
Él, muy solícito, sabedor de mi regreso al aeropuerto al día siguiente, me ofreció una tarjeta, que, sin prestar atención, introduje en el bolso de mi americana.

-Gracias, si lo necesito le llamaré-me despedí.

Cuando al día siguiente, al salir del hotel, no encontré ningún taxi en la puerta, recordé la tarjeta que me habían entregado la víspera. Y cuál fue mi sorpresa al comprobar (como veis en la foto) el contenido de la misma.
Se lo comenté a un catedrático de Medicina Interna con el que, casualmente, coincidí.

-¡Manda güevos! –se quejó el galeno. Lo primero que haré mañana al llegar a Valencia será,- por aquello de la igualdad en el intrusismo-, sacarme una licencia de taxi.

Pero yo, tras mirar y remirar aquel cartoncito y aquella iconografía tan sobrecogedora e impactante, me sentí preso de un creciente desasosiego:
¿Me habría ofrecido su teléfono aquel hombre para prestarme sus servicios como conductor? ¿O, bien al contrario, querría curarme de algo? ¿Me habría visto mala cara? ¿Estaría yo- sin saberlo- enfermo del cuerpo? ¿Tal vez del alma?
...
Al final, tras comprobar que no me dolía nada, un poco más tranquilo, cogí el primer taxi que apareció por la Castellana con la lucecita verde.

El que me tocó en suerte esta vez, -más prosaico- solo me habló de la crisis.