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viernes, 14 de mayo de 2010

No soy, pero lo siento.

No soy desempleado -gracias a Dios- pero compruebo que muchos de mis conciudadanos padecen una tremenda angustia al no encontrar un lugar en el que trabajar para poder subsistir.
No soy pensionista- y tengo dudas de llegar a serlo- pero mi padre, tras toda una vida de trabajo, comprueba resignado como se recorta el poder adquisitivo de su ya menguada pensión.
No soy funcionario, pero tengo buenos amigos en la administración pública que sufren en sus carnes -y en su nómina- la catastrófica gestión de la economía nacional, una gestión a la que –evidentemente-son ajenos.
No soy político, pero compadezco a esos sinceros ideólogos que , a buen seguro, con la mejor de las intenciones, han apoyado a unos mandatarios especializados en omisiones flagrantes y optimismo injustificado, y han sumido al país en la más lamentable de las ruinas.
No soy socialista, pero comparto la frustración de los que con buena fe depositaron su confianza y su voto en un gobierno que luchase por los logros sociales y ahora comprueban -supongo que horrorizados- que se escatima en las pensiones y en el “cheque –bebé” lo que hace pocas fechas se derrochaba en subvenciones a la banca y a los vendedores de coches.


Y aunque sé que de poco les sirve mi apoyo condicional y mi comprensión, quiero dejar bien claro que en estos duros momentos tienen toda mi simpatía y cariño.

A todos ellos, mi solidaridad y afecto.