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domingo, 1 de enero de 2012

SAN SILVESTRE, ORA PRO NOBIS.

La Carrera tradicional navideña tenía para mí este año un especial significado. En primer lugar, porque habían pasado cuatro lustros desde que la corrí por última vez, y quería comprobar si – canas y kilos -era capaz de afrontar el reto. En segundo lugar, porque era la primera vez que coincidía en este evento con mis dos hijos menores. (Con los que me veis en la “salida previa a la salida”, porque luego, cual galgos contra podenco, no los volví a ver hasta después de la meta).En tercer lugar, porque –recordando a un tío mío fallecido hace 50 años- me inscribí con su nombre a modo de pequeño homenaje.
Todo transcurrió con normalidad, es decir, con fuerzas escasas y sudor a raudales. Pero, tras finalizar el recorrido, ocurrió algo inesperado que hará que yo recuerde esta S. Silvestre durante muchos años. Y es que, al traspasar la meta, y mientras los organizadores recogían los Chips de los dorsales, los participantes nos dirigíamos a través de un estrecho embudo hacia la caseta donde tradicionalmente se reparten refrescos al finalizar la prueba.
Entre el tumulto y los empujones, un poco agobiado por tanta humanidad sudorosa, miré hacia atrás y comprobé que un esbelto efebo se apretujaba contra mi espalda. Me llamó la atención que el joven no llevaba camiseta.
- ¡Caray,- pensé- con el frío que hace…¡Ah, la juventud…!
Como un acto reflejo, y por aquello de preservar mi retaguardia, coloqué instintivamente mis manos hacia atrás para mantener una distancia razonable de seguridad.
Y sí, noté que aquél muchacho tenía las manos heladas… Bueno… la mano… Bueno… los dedos…, Bueno… ¡el dedo!... ¿El dedo? ¿Y donde coño están los otros cuatro restantes? Y al volver la vista atrás, comprobé horrorizado que el susodicho solo llevaba como única indumentaria dos zapatillas Adidas y que sus manos colgaban plácidamente paralelas al cuerpo…
-¡Mecagüen!
Como bien comprenderéis, estimados blogueros, en ese preciso instante, mis sudores, otrora calientes, se tornaron siberianos, aunque, siendo yo un hombre de reflejos, tras restregarme diligentemente la mano del delito contra la camiseta sudada, me vi en la obligación de romper el hielo con aquella persona a la que de un modo tan íntimo e inesperado acababa de conocer
-Oye, chaval: ¿Esto tuyo… es una promesa u obedece a algún planteamiento filosófico más profundo?- le pregunté con voz entrecortada
Con un acento marcadamente extranjero me contestó sin inmutarse:
-Mire señor, yo soy austríaco y como veo que Oviedo es una ciudad muy conservadora, me ha parecido una buena idea salir a correr desnudo a modo de provocación…
-Ya, claro, lo comprendo-dije conciliador-, tampoco a mi me importaría pasear mis vergüenzas por la S. Silvestre de Viena... ¡No te joroba!
¡Coño, por qué me pasan a mi estas cosas!- me repetía una y otra vez, buscando una salida imposible entre el tumulto.
Y así, vigilando con el rabillo del ojo el rabillo del otro, alcancé el chiringuito de Coca-Cola y- para calmar tamaña ansiedad -me bebí dos latas sin rechistar.
Lo último que recuerdo de aquel intrépido y caluroso jovenzuelo fue su trasero pelado enfrentándose a un municipal que- con cara de pocos amigos- le ordenaba que se vistiera.
¡Vaya manera de despedir el año!
Y deseo fervientemente que no sea esto a lo que se refieren los políticos cuando nos dicen que el futuro está en nuestras manos…
Tras una reconfortante ducha- y una meticulosa desinfección quirúrgica de las uñas- pude comerme las uvas en paz, aunque- eso sí, a lo largo de la noche - y recordando el incidente y la crisis- repetí varias veces esa piadosa jaculatoria que titula la entrada:
- ¡San Silvestre, ruega por nosotros!