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miércoles, 16 de julio de 2008

Húmeda inopia (2)



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Al mediodía nos avisaron del fallecimiento del padre de un amigo y abandonamos el mar para acercarnos a "Los Arenales". Allí, las flores, tan bellas, tan frías, tan colocadas geométricamente en las coronas, me hicieron reflexionar sobre el contraste con las flores de mi jardín, tan dispersas, tan alegres, tan anárquicas, tan cálidas, tan vivas. Quizás la muerte solo sea un cambio de escenario donde el orden suplanta al caos, el silencio al ruido, la quietud al movimiento.
Retornado al “refugio costero”, retomo la paz. Un prandial paréntesis para comprobar con nuestro Fernando que la rapidez no acarrea inevitablemente el éxito. Después, y en consecuencia, más contemplación. Y en esas estaba, practicando el “slowing”, el “elogio de la lentitud”, la intencionada parsimonia, cuando una voz del más allá me devolvió al más acá:
-” ¡Tordon, espabila y ayúdame a cargar las maletas, que parece que estés en la inopia!”...
¡Ah, cruel incomprensión la del rústico poetastro!
Aunque yo me pregunto: ¿no será toda esta impostura una simple coartada para la vagancia?
Tordon
PD: No sé donde leí que el ser humano, cuanto más relajado e íntimo, más grotesco.
Pido disculpas.

martes, 15 de julio de 2008

Húmeda inopia (1)

El jueves, por la noche, alcancé la Villa del Sella en mi piragua de cuatro ruedas y ,mirando el cielo, presumía que, -cuajado de estrellas-, auguraba un día venidero radiante. El viernes, a media mañana, el persistente orbayu echó por tierra todas las predicciones. Quizás el “Meteosat Celestial” (¿será Santa. Bárbara la encargada?), no tiene suficiente cobertura en aldeas recónditas como Pando. Las labores de siega quedaron así interrumpidas y, por imperativo meteorológico, la “pación” se tornó en “meditación”. Atechado bajo el porche y sin nada que cortar ni pinchar, abrí los sentidos a lo inusual. Contemplé cómo los laureles -haciendo reverencias al viento del Norte- susurraban palabras entrecortadas que no supe interpretar; Un escandaloso grupo de grandes pájaros negros, (mi cultura ornitológica solo distingue dos especies: los grandes y los chicos) mantenían una acalorada discusión entre estruendosos graznidos; Los pájaros más pequeños, a pesar de que la neblina comenzaba a hacerse densa, trazaban arriesgados vuelos rasantes sobre el sembrado. (¡Coño, señores del aeropuerto de Asturias, no puede ser tan difícil!); Los avellanos, pura flexibilidad, cimbreaban sus ramas hasta alcanzar, coquetos, el espejo de la piscina. Pero algo no iba bien: El móvil de viento, otrora relajante con su campana Zen, tañía a muerto. El sauce, mas afligido que de costumbre, acumulaba a sus pies una espesa mezcla de lluvia y lágrimas verdes…
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lunes, 14 de julio de 2008

Verde, que te quiero verde.

La irregularidad en las entradas de las últimas fechas se debe a que, durante esta época prevacacional, me escapo a Ribadesella, idílico lugar al que huyo siempre que puedo y en el que, buscando el olvido de la frenética actividad profesional, me nutro con la sopa espesa de la neblina y la hojarasca (¡Qué cursi, por Diooos!).
Allí consumo las horas dedicado a las labores agrícolas, lucha ingenua y desigual contra la feracidad del todopoderoso verde asturiano.
A ver si matando las malas hierbas me sobrevienen pensamientos positivos…
“Morimos tal y como nacemos: Sin dientes, sin pelo, sin ilusiones…”
Espero- mientras siego- que la ilusión sea lo último que se pierda.