Todo en ella me encanta, incluida su alma. Se llama Eva, y aunque trato desesperadamente de convertirme en su Adán, no encuentro la forma de conseguirlo.Y me hipnotiza-entre otras cosas- la mirada cariñosa con la que me obsequia cada vez que la espero a salida del trabajo o cuando la acompaño a hacer la compra al Hipercor.
Puestos a poner pegas, existe un matiz en su mirada que no acaba de convencerme, y es el brillo de sus ojos azules cuando mira a Mario, un surfero que tiene tres novias…y cuatro en lista de espera.
Mi adorada Eva dice que soy su mejor amigo, una de las pocas personas que la comprenden.
Y también dice que juntos formamos el mejor equipo del mundo.
El otro día fuimos a una fiesta de cumpleaños, y el intenso calor propició que yo me tomara un par de cervezas. Ofuscado por los grados de temperatura del local y envalentonado con los de la Heineken, sentí crecer en mi interior un arrojo inusitado y así, en el momento en que sonaba “Con su blanca palidez” me sinceré:
-Eva, te parecerá una tontería, pero ¿sabes qué cosa me haría el hombre más feliz del mundo?
Ella me miró sorprendida
- …Pues esa cosa sería que tú me dieras un beso…
Esbozó su consabida sonrisa y me contestó dulcemente:
-¡Pero hombre de Dios! ¿Por qué no lo dijiste antes? ¡Eso tiene fácil arreglo!
Y colocando sus cálidas manos sobre mis mejillas, acercó su cara a la mía y me miró fijamente. Fueron tan solo unos segundos, pero yo los viví como si todo sucediera a cámara lenta. Y a medida que se aproximaba, noté cómo la sangre se agolpaba en mis sienes, como un intenso escalofrío recorría mi espalda y un incómodo latido golpeaba mi boca entreabierta.
Ante lo inevitable, cerré los ojos…
Y no los volví a abrir hasta que noté la tibieza de sus delicados labios…sobre mi frente.
Y en aquel preciso instante, todavía aturdido por los vapores etílicos, mi cerebro tomó dos decisiones:
La primera, que tendría que esforzarme en olvidarla.
La segunda…
La segunda, que no me lavaría la frente en las próximas tres semanas.




