
En lo más alto del podio sitúa a aquellos que poseen una robusta fe religiosa y -como consecuencia lógica - no temen en absoluto a la muerte. En el segundo escalón se encontrarían los ateos convictos que, a pesar de la ausencia de esperanza en un hipotético paraíso, no experimentan ninguna inquietud ante la propia contingencia. Un peldaño más abajo lo ocuparían los individuos que ,incluso pertrechados en una sólida convicción religiosa, no pueden evitar el ancestral y recurrente miedo a la parca.
Por último, en la parte más baja de este tétrico escalafón, estarían aquellos que no poseen motivación religiosa alguna, pero que se sienten invadidos por un temor profundo, persistente y visceral ante el hecho irremediable de la definitiva desaparición.
Pues bien, inmerso en ese último pelotón de los torpes, entre esos pringaos que se quedan fuera del medallero, entre los jodidos especímenes descabalgados del podio, allí me encuentro yo.
Y digo jodidos porque es en este grupo donde más se acumula el trabajo ,ya que, incapaces de comprender ni sublimar la propia evanescencia, no nos queda más remedio que buscar sin descanso argumentos que hagan más llevadero el amargo cáliz que constituye la propia y fatal desaparición.
Y acto seguido–inevitable como la muerte misma- se plantea la pregunta evidente: ¿Dónde buscar?
La gente cartesiana, -como es el caso del que suscribe-, apelando al dudoso principio de autoridad, piensa que la gente intelectualmente preparada (que existe o ha existido) poseerá una argumentación sólida que permita asumir -o en su defecto hacer más llevadero –ese oscuro tránsito hacia la Nada.
Es decir, que – y resumiendo en un aforismo-, “cuando de la muerte se trata, nos volvemos librescos”.
Pero el resultado de la búsqueda es tan confuso y largo de explicar, que mejor os lo cuento otro día…
Sí, ya lo sé, no hace falta que insistáis, con estos temas tan divertidos soy la alegría de la huerta…