
Ya he comprobado, estimados blogueros que, tomándoos a chanza mi particular Gólgota gimnástico, no estáis dispuestos a constituiros -despechados cirineos - en el apoyo sobre el que reposar mi alma exhausta y mi cuerpo lleno de agujetas.
Y hablando del tema, pienso que los gimnasios se han convertido en las modernas catedrales de un obsesivo y esnob culto al cuerpo.
Y siempre que surge una idea, se constituye -como si de una sombra se tratara- su inevitable antagonista. Y así, podríamos hablar, en este ámbito de la devoción corporal, de dos especies bien diferenciadas:
Por un lado, nos encontramos con el sujeto culto, sedentario, orondo y poco musculado (El Orondusman); por otro, en el extremo contrario, hallaríamos al individuo culturista, hiperactivo, dinámico, pero poco interesado en tensar los músculos de las neuronas. (El Sportman)
Pero cualquier simplificación acarrea injusticia, y se hace, pues, necesario precisar que los especímenes mixtos son los más comunes: Es por ello que no es inusual contemplar un Pitagorín con abdomen “en tableta de chocolate”, ni un zoquete de tono muscular apagado, que como todos habéis deducido, (¡qué sagacidad, so-listos!), es mi triste caso.
Pero es bien conocido que nadie se conforma con su estatus, nadie se resigna a desempeñar ante el mundo y la sociedad el papel que le ha tocado en suerte. Y así, en general, el “Sportman”,- el guaperas, para entendernos-, sueña con adquirir una brillante formación académica, se apunta a clases de inglés y colecciona fascículos de gestión y administración de empresas. Mientras, el tenue y reflexivo “maestro lumbrera”, pálido y fofo, se reconcome el alma cavilando sobre la imperiosa necesidad del ejercicio físico y sobre el método que le permitirá estilizar su lamentable silueta.
Pero no quisiera yo diluirme en banales generalidades gimnásticas sino ceñirme al demostrable acervo de las experiencias propias.
Cuando hace unos días, resacoso, imbuido aun en los propósitos del nuevo año, entré en el centro deportivo que días atrás había escogido, lo primero que vi fue un mural. En él, en letras de molde, podía leerse esta cita de Punch, que data de 1850:
“Deportista es el que, no solamente ha fortalecido sus músculos y desarrollado su resistencia mediante la práctica de algún deporte, sino que, con esta práctica, ha aprendido a reprimir la cólera, a ser tolerante con sus compañeros, a no aprovecharse vilmente de una ventaja, a sentir íntimamente como deshonor la mera sospecha de una trampa y a soportar con la cabeza alta y con alegría el desencanto de un revés”
-He de reconocer que el párrafo es profundo - pensé-, pero, ¿para qué demonios estoy aquí? ¿Para mejorar mi virtud, o para sudar la camiseta?
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