En los comienzos del fútbol brasileño, este deporte era practicado por individuos rudos y fornidos que en muchas ocasiones trabajaban en la industria del caucho. Y era tal la agresividad que empleaban esos brutos de calzón corto, que las muchachas que los contemplaban desde la grada tenían durante todo el partido el alma en un puño. Estas pobres mujeres sufrían un montón, de manera especial cuando sus adorados novios eran objeto de entradas escalofriantes. No es de extrañar, pues, que la figura de estas primigenias “seguidoras-sufridoras” esté estrechamente vinculada a los pañuelos que durante el encuentro apretaban con crispación entre sus manos temblorosas. Estas “torcedoras de pañuelos” fueron conocidas popularmente como las “torcidas” y desde entonces dan nombre al variopinto grupo de aficionados que apoya incondicionalmente a cualquier equipo brasileiro.
Pero no todo en la vida es frivolidad y, siendo yo un hombre preocupado por los temas trascendentes, también acudí a Brasil con la secreta intención de comprobar si las señoritas aborígenes de ese país son tan esculturales como nos cuentan las crónicas de los primeros conquistadores portugueses (y las revistas de mi gimnasio). Como veis, los acontecimientos históricos también ocuparon un lugar importante en mi inquieto cerebro vacacional.
El primer contacto resultó ligeramente decepcionante, ya que, aunque recordaba que algunos conocidos me habían hablado de “marcadas caderas”, nunca pensé que lo fueran tanto:
De todas formas, siendo yo un hombre sin doblez, que rezuma bondad e incapaz de mentir, respondí apasionadamente a sus besos con la sinceridad que me caracteriza: 
Pero me sobrepuse de inmediato, ya que el llanto no es propio de las almas grandes e – inasequible al desaliento- me dije lo que el perro al hueso,” si tú estás duro, yo tengo tiempo”, y busqué y rebusqué hasta dar con aquello que mi imaginario infantil siempre había identificado con la típica “mulata brasileña”. 
Y aunque en la instantánea pueda parecer lo contrario, mi sonrisa no es de felicidad, sino más bien nerviosa.
Lo cual no tiene nada de particular, considerando el lugar donde esas muchachas tienen apoyadas sus rodillas.
¡Quiero volver a Brasiiiiiiiiiiiiiilllll…!
¡Uys, perdone señora Tordon, no la había visto…! ¡Pero bien sabe usted que yo me refiero al fútbol, a la “torcida”, a los conquistadores, a…!
¡No, con el rodillo noooooooooooo….!




