Hace unos días me contaron como cierta una historia que me ha dado mucho que pensar, pero como el que me la contó es un individuo ligeramente tendente a la fabulación, no sé si creerle o no. La historia es esta:Nespiña, una ciudad ubicada en un remoto paraje, era una urbe tranquila y civilizada. Un buen día, uno de sus intrépidos habitantes salió de la región buscando nuevas tierras. A su vuelta, además de la sífilis, trajo consigo las hojas de una planta denominada Nicotinium Chutatum, planta que comenzó a inhalarse con fines rituales y euforizantes.
Un buen día, el señor Todopoderoso Estadio, el más listo del pueblo, se dio cuenta de la popularidad que adquirían dichas plantas y de la dependencia creciente que tenían los nespinareños (o nespiñoles) de tan reseca flora y, como despierto comerciante, decidió enrollar las hojas y comercializarles en paquetes de 20 unidades. El negocio iba viento en popa, y el Sr. Estadio, -al que muchos ya denominaban “Papá-Estadio”-, recaudaba al año más de 10.000 millones de európodos con las toses de sus convecinos. La gran fortuna y las habilidades políticas de nuestro astuto emprendedor lo elevaron al cargo de alcalde de Nespiña, pero llegó un día en el que –alertado por las autoridades sanitarias- no le quedó más remedio que prohibir el consumo público de las hojas que tan profusamente comercializaba, si bien nada dijo de renunciar a los suculentos beneficios que esas jugosas ventas le reportaban.
Ante actitud tan hipócrita, algunos conciudadanos quisieron colgarle de sus atributos en la plaza mayor del pueblo, pero en general, los nespinareños -sumisos por naturaleza- dieron por buena la jugada, miraron para el telediario (y para otro lado) y admitieron como normal que en vez de prohibir terminantemente la venta de un producto altamente tóxico y adictivo, se permitiera la venta de forma simultánea a la negación de su consumo.
Algunos insurrectos levantaron la voz, pero fueron rápidamente delatados y reprimidos por la brigada de la concejala de salud, una tal Leñe Mastín. El resto se dedicó a escribir en blogs.
No sé qué pensareis vosotros, estimados blogueros, pero creo que mi "amigo-cuentacuentos" exagera, ya que nunca existirá una ciudad de tan zapatéticas características.
Y tampoco sé qué haría yo ante esa incongruente situación, aunque, llegado el caso, supongo que abandonaría definitivamente el consumo de la puñetera Nicotinium, no sólo por motivos de salud, sino para darle en las narices a Papá-Estadio y evitar de esa forma que mis európodos sufragaran la gasolina de sus coches oficiales.
Otra opción sería sustituir mis geranios por algo medianamente combustible, pero no creo que mi señora me deje…
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