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jueves, 16 de diciembre de 2010

Afrodisíacos

En Oviedo, ajenos al estado de alarma, haciéndonos los despistados, hemos continuado asistiendo como si tal cosa a la ópera. Esta vez ha tocado “ L´elisir d´amore ”, obra bufa de Gaetano Donizetti estrenada en 1832. Y nada hablaré sobre las virtudes musicales de la misma, ya que me resulta imposible describir la sutil emoción que propician estos inspirados fogonazos artísticos. No obstante, dada mi naturaleza cuentista, haré un pequeño resumen del argumento (en versión actualizada) de lo que el otro día escuché en el Campoamor:
Nemorino, humilde camarero de un hotel de la costa amalfitana, está perdidamente enamorado de su jefa, la bella Adina, pero como es muy tímido no se decide a tirarle los tejos.
La muchacha, que lo ve venir de lejos, y que además de rica es un poco creída, no le hace ni puñetero caso y dedica sus coqueteos al sargento de marina Belcore. De sobra es conocido el influjo que los uniformes provocan en la mayoría de las mujeres:”No hay belleza que se resista ante la vista de un soldado; a Marte, Dios de la guerra, hasta la madre de Cupido se rinde”
El pobre Nemorino, desesperado, se acuerda del filtro amoroso que Isolda utilizó para cazar a Tristán, así como de los brebajes epóxicos que Eufemiano Fuentes le chutaba a Marta Domínguez. Así pues, se dirige al charlatán Dulcamara y le exige que-considerando su sapiencia en esas lides- le prepare un elixir para que Adina caiga rendida a sus pies. Al pseudodoctor, no se le ocurre mejor idea que vender al ingenuo enamorado una botella de Rioja e informarle de las portentosas virtudes mágicas de tan extraordinaria pócima.
El crédulo Nemorino, se trasiega el bebedizo al instante y, aunque se encuentra más contento y desinhibido que de costumbre, no acaba de ver los efectos milagrosos de aquella costosa medicina.
Entretanto, ocurre un suceso del que todos tienen conocimiento menos el propio interesado: La muerte de un pariente lejano, convierte en millonario al pobre camarero que, repentinamente, y desde entonces, es objeto de innumerables atenciones por parte de todas las muchachas de la zona. Nuestro ingenuo protagonista atribuye a la pócima de Dulcamara este insospechado éxito entre las chicas, aunque sigue sin entender por qué no acaba de funcionar con la moza que a él le gusta.
Y – como era de prever- la bella Adina, al ver a su antiguo pretendiente tan solicitado por otras féminas, y viendo que éste ya no le prodiga las mismas atenciones, se da cuenta de lo muuuuucho que le quiere, de lo muuuucho que siempre le ha querido y de lo muuuucho que en el futuro lo querrá. (Alguna vez oí que las mujeres se casan con un hombre no para tenerlo, sino para no dejárselo a las amigas).
El Dr. Dulcamara, atisbando nuevas oportunidades de negocio, cuenta a la muchacha que el inesperado éxito de su hombre se debe a su bebedizo, pero ella, que además de guapa, es lista como el hambre-¡ay las señoritas!-le responde:” La ricetta é il mio visino, in quest´occhi é l´elisir ” (La receta es mi mirada, en estos ojos está el elixir).
¡Y vaya si lo consigue! Porque cuando se juntan el hambre con las ganas de comer, el resultado es más que previsible.

CONCLUSIONES:
1. Nadie se resiste al atractivo de la presencia de un uniforme (incluidos los controladores aéreos)
2. Una cuenta corriente saneada es un arma de seducción + IVA.
3. Un lingotazo a tiempo puede servir de ayuda a los más tímidos.
4. El estar enamorado no es atenuante en el control de alcoholemia.
5. Independientemente del elixir que se elija, la mujer tiene siempre la última palabra.
6. Cuando el amor llega, resulta altamente recomendable tener un tío millonario moribundo.
7. Nunca se debe hacer caso de las interpretaciones operísticas aparecidas en un blog.
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PD: ¡Dios mío, casi 70 líneas de entrada! Si como dicen los expertos, nadie lee en un blog más allá de las 10 primeras , todo mi esfuerzo ha sido vano.
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Bueno, os lo perdono, so-vagancios, pasad directamente a las conclusiones y olvidaros de mis muertos.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Ariadne auf Naxos

Ayer, cuando iba a la ópera, -y después de leer a Hoffmannsthal-, pensé que las lágrimas me encharcarían el esmoquin:
“Lo que plantea Ariadne es uno de los problemas más directos y estupendos que hay en la vida: La fidelidad; si creer firmemente en lo que se ha perdido, si asirse a ello incluso hasta en la muerte, o bien vivir, seguir viviendo, pasarlo por alto, transformarse uno mismo, sacrificar la integridad del alma e, incluso en esta transmutación, preservar la esencia de uno mismo, permanecer siendo un ser humano sin descender al nivel de las bestias, que carecen de recuerdos”
Pero resulta que Ariadne, que no soporta la soledad a la que se ve condenada por el abandono de su amante, y que pensaba entregarse en los brazos de Hermes-Dios de la muerte-, se lo piensa mejor y descubre en Baco a su nuevo amor.
Es decir, que “a rey muerto, rey puesto”, que “un clavo saca otro clavo” y que “no hay mal que cien años dure”.
Y lo que se presumía tragedia, acabó siendo-como dice mi amigo Pepe- un canto al botellón.
Con extraordinaria música de Richard Strauss, eso sí.


PD: Espero que por las tierras del cabo de Gata, hacia las que parto sin demora, no me encuentre ningún Minotauro.
Y sí un poco de sol.

lunes, 21 de julio de 2008

Tristán e Isolda

Este año asistí en el Campoamor a esa fantástica (y larga, más de 5 horas) ópera Wagneriana. Un detalle novedoso, (nunca lo había contemplado con anterioridad), fue la presencia de dos jóvenes y apuestos actores (chico y chica), representando la acción en el centro del escenario, a la vez que los cantantes , tras un atril, los secundaban en ambas esquinas del mismo, acompañando con sus voces el desarrollo de la historia.
Supongo que la finalidad de esta primicia escenográfica estará encaminada a conseguir una mayor credibilidad del drama amoroso que la mayor parte de estas obras líricas incorporan.
Y es que, seamos realistas, en algunas óperas se alcanza un plus de dramatismo cuando, la protagonista, dirigiéndose a su “partenaire” declama aquello de: “Desearía tanto que apoyases tu cabeza contra mi pecho…”, y claro, una lágrima furtiva resbala por la mejilla de la diva al revisar de reojo el inconmensurable perímetro abdominal de su amado pretendiente, comprendiendo, en ese instante. la imposibilidad de que sus deseos vean buen fin.
Pero quizás el momento álgido del drama acontece cuando el tenor, pura pasión, grita aquello de: “A mis brazos, gacela mía…”. Y en ese momento de duda, mientras la amada desconfía de la sinceridad de ese ardor y medita la respuesta, los espectadores podemos observar como el tenor abre exageradamente los brazos, adelanta su pie izquierdo mientras que retrasa el derecho, tanteando el terreno con ambos y asegurándose sin duda una mayor base de sustentación a la vista de los 200 kilos de soprano que, tras grácil carrerilla, se dirige hacia él. Y repite (canta), lo de “A mis brazos gacela mía, no lo dudes…”, pero claro, se nota que esta segunda vez lo dice con la boca más pequeña y que, ante lo inevitable, se abre más aun de brazos y piernas y, por supuesto, cierra los ojos, aunque esto último,- todos lo entendemos-, es por la adelantada emoción del carnal contacto.
Supongo que por ahí van los tiros de la innovadora escenografía que contemplamos este año.