
Como andaba yo falto de energía- y además soy un padrazo- acompañé a mis retoños a una de sus clases de Aikido.
Y así como el pictograma “Kanji” (para la palabra “ki”, ver foto) representa una olla de arroz emanando vapor, acabé yo esa magistral clase con el deplorable aspecto de una tartera sudorosa.
Y que conste que soy capaz de percibir el flujo de la energía vital que destila este arte castrense ( el “Qi” de los chinos, el “Pneuma” de los griegos, el “Prana” hinduista), pero cuando el tío de la faldita me lanzaba por los aires (“me proyectaba”,decía él) los rudos costalazos perdían su dulzura exótica y me dolían como si fueran de la misma Torrelavega.
Y entre meditación trascendente, sudada, lumbalgia y olor a incienso, me entraron las dudas:
¿Seré yo poco espiritual?
¿Necesitaré un tatami con doble acolchado?
¿Será que no tengo alma de samurai?
¿Debería ser más armónico, más fluido, más neumático?
¿Tendré cara de “proyectable”?
¿Será el profesor un bruto?
¿Estaré mayor?
¿Seré gilipollas?
Sea como fuere, creo que me pasaré al Tai-Chi.
O mejor aún, a la bicicleta estática de toda la vida.




