La noticia del trasplante alegró la mía: Caras angustiadas, risueñas, hoscas, de Jolie o de gorila amaestrado; Rostros impávidos, seductores, obtusos o tiernos; Expresiones de jugador de póker, facies leoninas, papos de “Netol” o “papadas –Michelin”. Rostros de cordero degollado, de enamorado -valga la redundancia- , de odio, de ternura, de compasión; Jetas inertes, perfiles de cartón-piedra, versus fisonomías repletas de expresividad.Y observo que algún célebre cirujano se muestra en sus ruedas de prensa con el putapénico aspecto de un hippie venido a más.
Y que aunque el citado gurú haya comprendido que la cara es el espejo del alma, se olvida que el hábito puede distraer del monje.
Y que cuando consigues una historia verdaderamente buena, la prudente discreción limita el riesgo de que el auditorio solo se fije en tu traje.
PD: Los medios justifican la indumentaria colorista aludiendo al amor que el cirujano siente por África. Vana excusa: Yo nunca daría una conferencia embutido en la camiseta del Real Oviedo.
Y es que,-incluso en este submarino, aunque haga calor-, la tolerancia de lo políticamente correcto tiene un límite.