A punto de salir por donde había entrado, una educada señorita se dirigió hacia mí, y comenzó con una onomatopéyica soflama:-Mire usted, -me dijo con entusiasmo-, puede escoger entre: “gap”, “jam”, “tbc”, “step”, “aikido”, “combat”, “urban dance”, “kickboxing”, “pilates”, “pump” (aquí me imaginé alguna modalidad gimnástica con escopeta), “bosu expres”, “fitball”, “spinning”…
Un poco intimidado, no tuve más opción que sincerarme y le susurré:
- Si le digo la verdad, mi único interés consiste en que, - como del árbol navideño-, pueda ahora desembarazarme de esos malditos mazapanes, que,- obstinados-, se empeñan en permanecer sobre mis flancos…
- Creo que lo mejor será que empiece con la cinta de correr- musitó sin entusiasmo.
Y aunque ese primer día (para el footing) me asignaron una aguerrida y enérgica matrona, les debí de dar pena y pronto me la cambiaron por una esbelta “vigilante de la playa “: En ese preciso instante, mi motivación y mi velocidad experimentaron un espectacular incremento.
Otro problema que existe en los gimnasios es el de la intendencia: Zapatillas de correr, calcetines, pantalón de deporte, camiseta, pulsómetro, toalla, chanclas de ducha, champú, gel, peine, desodorante, gafas de piscina, gorro de agua, chándal… Resulta inevitable que al verte entrar con cuatro mochilas, piensan que en vez de ir a hacer deporte, te vas de excursión.
El primer día, no nos engañemos, es un trauma. Lo primero que encuentras es la “Sala de Pesas y Musculación”. De tan ampuloso nombre fui informado más tarde, ya que, al principio, bien creí que algún hechizo me había transportado a las mazmorras de la Santa Inquisición: personas atadas de brazos y piernas a diabólicos artilugios de acero, sudorosas, crispadas, exhalando algún gritito forzado… ¡Incluso las había colgadas de los pies! ...Pero al cabo de un rato te das cuenta de que tu percepción es errónea, y que los hay que incluso sonríen. (Con los dientes apretados, eso sí).
Otro problema nada desdeñable es el factor psicológico: Nunca me había visto rodeado de tantos Schwarzenegger y tantas “socorristas de playa”: Esos bodies multicolores, esas camisetas ajustadas, esos ceñidos “piratas”, esas cintas de pelo a juego con las muñequeras, esas mallas anatómicas…
Y claro, tú te ves allí en medio, -con la camiseta que te regalaron en el Hipercor y el viejo pantalón de gimnasia del Instituto-, y te entra una desmoralización…Y como además, para no desentonar, metes barriga y sacas pecho, sumas a la incomodidad psicológica la irremediable falta de oxígeno, pero,- ¡orgullo torero!-, no abandonas esta pose hasta que te pones cianótico o eres presa de sofocantes vahídos.
Pero eso es solo el primer día, porque después, controlando la situación, ya vas directo a un rincón poco iluminado en el que estás “a tu bola” corriendo como un penitente…
Por eso, con la idea de evitar multitudes, salté de alegría cuando supe que en el recinto había piscina. Y allí me dirigí presto, ¡alma que lleva el diablo!, soñando con sentirme arrullado por el cálido y relajante elemento. ¡Sí! ¡Por fin me encontraba como pez en el agua! ¡Por fin retomaba la placidez perdida del líquido amniótico!¡ Por fin sentía en la piel el jubiloso y húmedo alivio de un redivivo Moisés salvado entre la tibieza de aquel agua azulada!
Pero poco duró mi alegría. Cuando me encontraba,- feliz y relajado -, descansando del primer largo, noté que unas manos me agarraban con fuerza. Ante tamaño apretón, me giré para comprobar si alguna de las “monitoras-vigilantes de la playa” había sido presa de un irrefrenable arrebato. Pero no, era una señora (por cierto, de mi equipo mazapánico), que se disculpó diciendo:
- Perdone, señor, es que lo he confundido con el flotador de seguridad…
-¡Mecagüen…!
Ni que decir tiene que el nivel de la piscina subió dos cuartas, consecuencia lógica de las lágrimas que mi desolación derramó…Pero traté de sobreponerme evocando el verdadero motivo que me había llevado hasta allí: Los mazapanes y su obstinada adherencia. Y continúe resignado remando en mi soledad acuosa…
Pero, bueno, no hay que dramatizar, no todo son inconvenientes, en ocasiones lo paso bien, he aprendido a ir en moto con cuatro mochilas, a aguantar tres minutos sin respirar, a sonreír mientras sudo la gota gorda y además, de vez en cuando, en la piscina, me abrazan…Si además pienso que,- como decía Punch-, me tornaré tolerante, reprimiré mi cólera y aprenderé a soportar un revés…
Aunque, de momento, siendo sincero, lo único que ha conseguido mi “monitora-vigilante de la playa” es aumentarme el apetito.
Y las ganas de comer, también.





