
El “balangandán” es un objeto muy arraigado en la cultura popular brasileña, y, -aunque en la actualidad solo es usado con fines decorativos, como collar o pulsera, - contiene un extraordinario simbolismo del pasado esclavista de aquel país. Está compuesto por diversos colgantes que representan las distintas frutas de la zona.
Dicen los historiadores que, a pesar de su uso como amuleto en la época postabolicionista, el verdadero origen de este abalorio hay que buscarlo en los primeros esclavos, que obtenían de sus amos un colgante para su “balangandán” por cada 10 años de servicio. Cuando lograban completar todo el collar, obtenían automáticamente la libertad. No es de extrañar, pues, que estos infortunados hombres, llevaran permanentemente a la cintura su “balangandán” y que lo cuidaran y protegieran más que a su vida, pues era lo único que poseían para justificar su trayectoria de servicio y obtener la libertad en el futuro. Tras una década de sudores y penalidades conseguían añadir la correspondiente cuenta, pero todo lo daban por bien empleado con la ilusión de obtener la añorada libertad.
Pero la generosidad de los amos era engañosa, ya que un “balangandán” completo consta de 8 cuentas. Es decir, que, en el mejor de los casos, el esclavo era liberado después de ochenta años de servicio. Y en una época en la que la esperanza de vida rara vez excedía los 40 años, es de imaginar la nula posibilidad que tenían estos pobres esforzados para alcanzar sus objetivos
Y reflexionando sobre esta historia esclavista, me viene a la mente el paralelismo evidente de nuestra propia rutina: Nos esforzamos en ser mejores personas, profesionales cualificados, padres ejemplares, entrañables amigos, individuos más cultos, más cariñosos, más bondadosos…
Quizás, secretamente, esperamos alcanzar nuestra recompensa en forma de “iluminación liberadora” al final de nuestros días. Nos afanamos en aumentar nuestros abalorios mediante un esfuerzo callado y persistente, pero tal vez todo sea un espejismo y nunca consigamos la deseada liberación.
Pero también es cierto que – como ellos, esclavos de lo cotidiano- esa ilusión de lo inalcanzable, esa utopía cosmológica, tal vez sea lo único que proporcione un cierto sentido a nuestras vidas.
Después de la abolición la esclavitud –en 1881- se incorporaron al “balangandán” dos pájaros que sirvieron para coronar la estructura y cerrar los colgantes: Las aves de la Libertad.