Desde que era un niño llevo oyendo esa terrible historia que cuenta que si un día todos los chinos se pusieran de acuerdo y dieran un salto, se desplazaría el eje de la Tierra.Imbuido en la zozobra de esos miedos ancestrales,- y por aquello de restar efectivos a una posible y destructora sincronía-, invité a casa a unos amigos orientales de mi hija.
Portadores de nombres bisilábicos absolutamente imposibles, solo me quedé con el de uno de ellos, (Yu-Ju), aunque cuando le llamaba mi familia pensaba que me había tocado la Bono-Loto.
Jóvenes, discretos, silenciosos, sobrios y disciplinados, escondían bajo sus camisetas de mercadillo unas flamantes licenciaturas en Arquitectura o en Ingeniería.
Llegaron de viaje muy tarde, pero a la mañana siguiente, - hora prevista, nine o´clock-, aparecieron todos por mi cocina.
Un poco agobiado con la organización de la intendencia para tantos invitados, y desconocedor de las costumbres orientales, saqué a relucir mi batería culinaria y les pregunté qué deseaban para desayunar:
-Tenéis café, leche, té rojo, té verde, Cola-Cao, zumo de naranja, mermelada, mantequilla, Nocilla, tostadas, napolitanas, cruasanes, Tosta-Rica, cereales…
Todos permanecieron en silencio. Al fin, uno de ellos se decidió a hablar:
-No se preocupe, señor, cualquier cosa nos sirve. En mi casa, para desayunar, solo hay café y pan…
Y no sé por qué, pero en aquel preciso instante me vino a la mente el engorroso asunto de la caída del Imperio Romano y tuve la certeza de que – con independencia de nuestras elucubraciones-, nos acabaría tocando la China .
Y es que contra esta gente tenemos la batalla irremisiblemente perdida.
Incluso antes de desayunar.
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