…Pero él insiste:”La verdad está por encima de las leyes”.
Todorov, el más sereno, trata de centrar el problema: El moralismo domina cuando el bien impera sobre la verdad y cuando, por presión de la voluntad, los hechos se convierten en materia maleable. El cientificismo prevalece si los valores parecen depender del conocimiento y cuando las opciones políticas se hacen pasar por deducciones científicas”.
Y en este punto, sale a colación Diderot, que deseaba que las conductas de los humanos solo obedecieran a las leyes de la naturaleza. E inevitablemente, a rebufo de la anterior idea, citan a Sade y su perogrullada de que “puesto que la destrucción es una de las primeras leyes de la naturaleza, nada que destruye podría ser considerado criminal”.
Todos los contertulios bajan la cabeza y comentan que este Sade es un tipo extraño, y que además hace cosas muy raras con las mujeres.
Rousseau, disculpándose por llegar tarde (afilar la cuchilla le lleva un montón de tiempo), nos recuerda que debemos huir de todo determinismo, debido a la extrema complejidad del ser humano que hace que “esté de acuerdo u ofrezca resistencia”
Vico, un picapleitos napolitano, también entra por la puerta y,- arruinada la camisa con la salsa de los espaguetis-, da un toque exótico al debate:”el conocimiento del mito y la poesía es más adecuado para determinadas materias que el que se apoya en la razón abstracta”.
Todorov, sin quitarle ojo a los lamparones del recién llegado, concluye que “el moralismo, en este caso, el sometimiento de la búsqueda de la verdad a las necesidades del bien, es mucho más antigua que la ilustración y se opone diametralmente a su espíritu, pero le ha sobrevivido muchos años”.
Condorcet, que ya va por el sexto chupito, concluye:”el aumento del sentido patriótico y el despertar de los “fantasmas del miedo”, bastan para descartar la preocupación por la verdad, que sin embargo es constitutiva del espacio democrático”.
“Con la verdad, no se juega”-remacha Todorov.
Bien amigos, me he gastado un montón en cafés y chupitos , y aquí sigo, con la papeleta en la mano, sin haber decidido nada.
Estoy valorando la posibilidad de mudarme a otro poblado.
Incluso a otro planeta.
Estoy asustado.

