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jueves, 11 de diciembre de 2008

El Bien, la Verdad, y mi empanada mental (y 3)


Pero él insiste:”La verdad está por encima de las leyes”.
Todorov, el más sereno, trata de centrar el problema: El moralismo domina cuando el bien impera sobre la verdad y cuando, por presión de la voluntad, los hechos se convierten en materia maleable. El cientificismo prevalece si los valores parecen depender del conocimiento y cuando las opciones políticas se hacen pasar por deducciones científicas”.
Y en este punto, sale a colación Diderot, que deseaba que las conductas de los humanos solo obedecieran a las leyes de la naturaleza. E inevitablemente, a rebufo de la anterior idea, citan a Sade y su perogrullada de que “puesto que la destrucción es una de las primeras leyes de la naturaleza, nada que destruye podría ser considerado criminal”.
Todos los contertulios bajan la cabeza y comentan que este Sade es un tipo extraño, y que además hace cosas muy raras con las mujeres.
Rousseau, disculpándose por llegar tarde (afilar la cuchilla le lleva un montón de tiempo), nos recuerda que debemos huir de todo determinismo, debido a la extrema complejidad del ser humano que hace que “esté de acuerdo u ofrezca resistencia”
Vico, un picapleitos napolitano, también entra por la puerta y,- arruinada la camisa con la salsa de los espaguetis-, da un toque exótico al debate:”el conocimiento del mito y la poesía es más adecuado para determinadas materias que el que se apoya en la razón abstracta”.
Todorov, sin quitarle ojo a los lamparones del recién llegado, concluye que “el moralismo, en este caso, el sometimiento de la búsqueda de la verdad a las necesidades del bien, es mucho más antigua que la ilustración y se opone diametralmente a su espíritu, pero le ha sobrevivido muchos años”.
Condorcet, que ya va por el sexto chupito, concluye:”el aumento del sentido patriótico y el despertar de los “fantasmas del miedo”, bastan para descartar la preocupación por la verdad, que sin embargo es constitutiva del espacio democrático”.
“Con la verdad, no se juega”-remacha Todorov.

Bien amigos, me he gastado un montón en cafés y chupitos , y aquí sigo, con la papeleta en la mano, sin haber decidido nada.
Estoy valorando la posibilidad de mudarme a otro poblado.
Incluso a otro planeta.
Estoy asustado.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

El Bien, la Verdad, y mi empanada mental (2)


-Esto no sucedía en mi época,- dice cabreado Voltaire.
¡Claro, para él, todo resultaba sencillo!. Sus disyuntivas discurrían entre el conocimiento del hombre y las competencias de la religión: “La ciencia es una, mientras que las religiones son múltiples”
Y yo,- con todos los respetos y salvando las distancias-, estoy de acuerdo con él: No conozco ninguna secta de trigonometristas, ni de genetistas, ni de algebraicos, ni de cuánticos, por citar algunos ejemplos extraídos del mundo científico.
Más joven que el anterior, Hume, utilizando un símil astronómico, dice que el sol jamás se movería de su sitio aunque todo el género humano decidiera que así fuera.
-”La verdad no depende del voto”,-asegura
Por otro lado,D´Alembert, hijo no reconocido de un general francés, tuvo la sabiduría de fichar a un jovenzuelo de 16 años llamado Marijuanantonionicolás de Caritat que,-¡espabilado que era!- , llegó a filósofo, matemático y político en la Francia revolucionaria. Más tarde sería conocido por el título que heredó de su familia: “Marqués de Condorcet”. Su opinión también resulta interesante: “Defender la libertad del individuo implica distinguir entre hecho e interpretación, ciencia y opinión, verdad e ideología”.
Todorov, que ya va por el segundo café, insiste que “el bien pertenece al ámbito de la voluntad y se materializa en la acción política, mientras que la verdad pertenece al ámbito del conocimiento y asienta en la ciencia”.
Condorcet, - a estas alturas ya se ha tomado tres chupitos-, insiste en que “el poder público no debe enseñar sus opciones haciéndolas pasar por verdades…y no tiene derecho a decidir dónde reside la verdad ni donde está el error…No corresponde al pueblo pronunciarse sobre lo que es verdad o mentira, ni al parlamento deliberar sobre el significado de los hechos históricos del pasado, ni al gobierno decidir lo que debe enseñarse en la escuela”.
Yo le digo que por favor hable bajo, no sea que esté escuchando algún amigo del gobierno y nos caiga a todos un “paquete”…

Pero él insiste:”La verdad está por encima de las leyes”.

martes, 9 de diciembre de 2008

El Bien, la Verdad, y mi empanada mental (1)

Estoy asustado.
Tengo dudas de mis propias convicciones.
Permitidme, estimados blogueros, que os explique el problema: Hace pocos meses, han aparecido en mi tribu unos individuos que se dedican a asaltar las chozas y que en ocasiones matan a sus ocupantes. El Consejo de Ancianos del pueblo (elegido democráticamente), va a someter a votación una ley para que el verdugo detenga y decapite a estos indeseables. Yo tengo hijos, y mi corazón suscribiría sin reservas las medidas que este poder- legalmente establecido- me propone. Pero conozco, de igual manera, que nadie debería disponer de la vida de los demás, que ése es un derecho inalienable de la persona. En suma, que no sé si debe primar en mi decisión el bien común de la tribu o la verdad.
Y me tiembla la papeleta en la mano.
¡Demonios, no sé qué hacer!
El conflicto viene desde antiguo, pero no desde siempre: Cuando hace tres centenares de años, Dios o el Rey Absoluto representaban la confluencia del bien y la verdad, los ciudadanos (creyentes, súbditos) no tenían ningún problema a la hora de tomar sus decisiones. Pero los tiempos han cambiado y las cosas ya no son tan sencillas…
Y aquí me encuentro, queridos blogueros, indagando entre amigos y conocidos a fin de conseguir una adecuada certeza, un consejo que alivie mi pesar, algo que serene mi angustia. Pero escucho en una y otra parte, y nada de lo que oigo me aclara mucho las cosas.
Mi admirado Unamuno me explica que “la razón es aquello en que estamos todos de acuerdo. La verdad es otra cosa. La razón es social; la verdad, individual”.
Agradezco al bilbaíno sus palabras, pero -por si en sus reflexiones existiera un componente temporal-, acudo al reciente Premio Príncipe de Asturias, el búlgaro Todorov, que me habla de la necesidad de establecer dos tipos de discursos: “el que tiene por objeto promover el bien, y el que aspira a establecer la verdad”.
La cosa se complica para mí, un humilde grumete bajo un grifo, un marinero de toscas entendederas, y no tengo todavía respuestas. Si acaso, -“sensu contrario”-, mis dudas están alcanzando la profundidad del submarino.

-Esto no sucedía en mi época,- dice cabreado Voltaire.