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martes, 4 de mayo de 2010

INSTRUCCIONES PARA AMAR


Todo el mundo coincidía al afirmar que el chico estaba tocado por el dedo divino, que sus habilidades matemáticas rozaban lo extraordinario y que su mente era un prodigio de análisis.
Sin embargo, más que el magnífico rendimiento escolar, lo que le distinguía de otros adolescentes era su afición -casi compulsiva- al estudio de los engorrosos y aburridos "manuales de instrucciones".
Y así como los mortales nos conformamos con apretar un botón para sacar una foto, él se abstenía de hacerlo si no había previamente balanceado los blancos, reajustado el contraste, precisado la velocidad de obturación, activado la opción anti-desenfoque, programado la sincronía del disparo, repasado minuciosamente los menús de encuadre, los submenús del histograma, las opciones de medición de luz, las configuraciones del flash,…
Decía que los manuales eran el alma de las cosas, que en ellos se escondía la verdadera esencia de lo creado, que solo con su lectura detenida se podía acceder al lado más profundo de las máquinas, a la vida misteriosa de los objetos.
Nada le hacía más feliz que sumergirse en las profundidades de aquellos farragosos manuales.

Pero así como cualquier rosa se acompaña inevitablemente de su correspondiente espina, la capacidad tecnológica del muchacho se encontraba en relación inversa a la habilidad para acercarse al sexo opuesto. Terriblemente tímido e introvertido, se sentía presa del pánico cada vez que cruzaba su mirada con la de Eva, una compañera de los tres últimos cursos en la que concentraba su amor imposible. Nunca tuvo el valor de acercarse a ella. Ni de dirigirle la palabra. ¡Cómo lograría propiciar un acercamiento y, menos aún, entablar una conversación, con una mujer que ni tan siquiera se acompañaba de una guía de inicio rápido…!

En la excursión de fin de curso a la playa, nuestro protagonista olvidó llevar la comida.Y mientras los compañeros departían amigablemente durante el almuerzo, él, avergonzado, alejándose del grupo, se sentó en unas rocas cercanas. E inmerso en el vaivén hipnótico del oleaje, su mente osciló en la reflexión autocrítica y tuvo la amarga consciencia de su minusvalía social, de su reiterada insolvencia para conseguir interesar a la chica que tanto amaba.
- ¡Nunca lo lograré!-musitaba para sus adentros
Con los ojos nublados, imaginó por un momento el tenebroso futuro plagado de soledad con el que inevitablemente tendría que acostumbrarse a convivir. ¡Su vida sería un infierno!

Pero como todo lo malo es susceptible de empeorar, observó- ¡Dios mío! - como Eva, su Eva querida, caminaba con paso decidido hacia las rocas.

-Javi… ¿qué haces ahí solo? …¿No has traído comida?
-…Bueno… yo…esto… no... es que…
-No importa, apenas tengo hambre,-le interrumpió ella ¿Quieres la mitad de mi bocadillo?

El muchacho, casi sin mirar, alargó la mano, y su corazón experimentó un efímero alivio en la certeza de que mientras comiera, no tendría necesidad de articular palabra.
Pero aquel cóctel de salitre, pan y hormonas acentuó hasta tal punto su ansiedad que deseó con todas sus fuerzas evaporarse sobre la arena, esfumarse con la neblina, diluirse cual burbuja entre la blanca espuma de las olas…

-¡Concéntrate en la comida y no te vayas a atragantar!- se repetía disciplinadamente a cada bocado.

Pero tiempo y bocata acabaron, y, con la última miga, finalizó su coartada de silencio.

Y es que, sintiéndola tan cerca, los sudores fríos dieron paso a oleadas de sofoco, la boca se tornó reseca, no lograba articular palabra, se encontraba mareado, aturdido, tembloroso y para colmo de males… ¡no había ningún manual que le aconsejara en tan difícil trance!

Pero ella, intuyendo su zozobra, le susurró al oído:

-No te preocupes, Javi, déjame hacer a mí: Yo te enseñaré como funciona…

Y acto seguido, le besó dulcemente en los labios.