
Porque la primera cosa que he realizado como presidente de mi comunidad de vecinos, ha sido tomar la audaz decisión de contratar un sistema de traducción simultánea para que en nuestras reuniones, un vecino de San Feliú de Gixols y otro de Santiago de Compostela, puedan recibir el contenido de nuestras apasionantes deliberaciones en su lengua vernácula. Y de esa forma, sin darme importancia, por arte de birle birloque, he mutado una comunidad de vecinos de pandereta en otra mucho más tecnológica y culturalmente sensible como es la del pinganillo
Pero ya se sabe que los descontentos y los intolerantes proliferan por doquier ,y así, la vecina del 2º B se atrevió a echarme en cara si no sería mejor destinar tan cuantiosos fondos a arreglar las bombillas del descansillo o la insidiosa cerradura del portal, esa que siempre necesita de un solemne patadón para abrirse.
Sin embargo, sacando a relucir mi oratoria florida, así como mi locuacidad sin límites, les he hecho ver que nada hay más rentable que la inversión en cultura, ni nada tan gratificante como el amparo presupuestario para la idiosincrasia idiomática y el acervo cultural del prójimo.
La del 6ª A, cuya opinión tengo en alta estima, se despidió de mí sentenciando: “Un tipo como usted serviría para la alta política”. Sin embargo, me pareció percibir un sospechoso retintín en sus palabras, por lo que dudo seriamente de la sinceridad de las mismas.
En fin, que no hay peor sordo que el que no quiere oír, y que el famoso (y costoso) pinganillo constituye el más eficaz audífono para un pueblo que está como una tapia.
Especialmente cuando el que contrata el servicio no es el que paga la factura…
PD: Y ahora que lo pienso,... si desvío sibilinamente fondos comunitarios para desear a mi señora (que es catalana) las buenas noches con traducción simultánea..., ¿me pondrán pegas los iletrados de mi rellano?
¡Ay de mí, soy un incomprendido!
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