
Se lo prometí hace tiempo, le dije que escribiría cualquier cosa aunque fuera un “elogio del kiwi”:
Dedicado, pues, a Nebroa, que -(porque me quiere, para sacarme de mi ensimismamiento)-, me llamó “cobarde”. (Además de “mamonazo” y “petardo”) (comentarios del 18 y 26-4-09 )
Parece ser que esta fruta es originaria de las laderas del Himalaya ,donde crecía de manera salvaje hace miles de años. Su aspecto tosco, el color desvaído de su piel y la aspereza de la misma, fue motivo para que- desdeñosamente –fuera conocida entre los chinos como “ratón vegetal”.
Sin embargo, en el año 1900, los neozelandeses llevaron la semilla a su país y decidieron hacer de esta fruta un placer de gourmets. Se lo tomaron muy en serio, y –sabido es que el hombre creador se mueve más allá de lo estrictamente racional-, redenominaron su nuevo proyecto con el nombre de uno de sus pájaros más emblemáticos: El kiwi. Este pájaro es nocturno, tiene muy mala vista y no puede volar. A pesar de ello, en Nueva Zelanda se le tiene en gran estima y es el símbolo de la sinceridad.
Y esta fruta, que a partir de la segunda guerra mundial comenzó a invadir los mercados internacionales, es, -a mi humilde entender -un claro ejemplo de apariencia engañosa, ya que bajo de su vulgar pelaje, esconde una pulpa brillante, una apetecible textura de color verde esmeralda tachonado de pequeñas y simétricas perlas oscuras.
Un claro ejemplo de ese viejo aforismo que señala que “la belleza está en el interior” .
Y es que al kiwi le pasa lo mismo que a mí.
Sí, mi abuela también piensa igual.