miércoles, 25 de febrero de 2009

Reflexiones nada poéticas sobre la flora sahariana

Una de las cosas que llama la atención del viajero cuando visita los arenales saharianos, es el descubrimiento de una solitaria planta que crece en medio del agostado paisaje. Al contemplarla, su presencia sorprende por lo inesperado. Es como una aparición, como un verdadero milagro de la naturaleza.
Se trata de la "Calabaza Egipciaca", también denominada "Manzana de Sodoma". Es una planta Magnoliophyta, de la familia Apocynaceae del género Calotropis, perennifolia, hermafrodita, de corteza suberosa, hojas oval-elípticas ligeramente acuminadas, sésiles, amplexicaules, recubiertas por un tomento glabrescente , algodonoso, pubescente y puberulente.
El peciolo, contra todo pronóstico,"ye normalín".
Vamos, que para lo que yo entiendo de plantas, sería "un arbolín verdoso".
Sin embargo, esta planta es respetada sin excepción por roedores, camellos, chacales, insectos y demás fauna desértica. Incluso es intocable para la langosta, esa plaga capaz de pelar una palmera en treinta segundos.
¿Cuál es su secreto de supervivencia? Al parecer, su savia contiene una sustancia fuertemente tóxica que la hace intocable.


Y yo, deseoso de aprender de la madre naturaleza, me pregunto si los humanos no tendríamos que alojar en nuestras venas un poco de "mala leche" para protegernos así de nuestros congéneres caníbales.


Aunque, hablando de Sodoma, más que de que no me coman, estaba yo pensando en protegerme de otra cosa…

martes, 24 de febrero de 2009

23-F: Carta a Zweig

Estimado amigo:
Ayer fue el aniversario del 23-F, ya sabes,”San Golpe”, fecha tan plagada de desconchados recuerdos en el techo de la memoria hispana. Pero también, -aunque esto es menos conocido-, en esta jornada se cumplieron los 67 años de tu muerte, mi querido y admirado Stefan. Y ante un día tan señalado, decidí celebrar ambas efemérides propinándome un buen “golpazo”, al releer, - autolesión para sentirme vivo-, el último de tus libros.
Siempre me apasionaron las peripecias creativas de Balzac, Dovstoievski , Nietzsche, Hölderlin ,Kleist...que de forma tan magistral narraste en libros anteriores . Pero, además,- tras esta nueva lectura y por alguna extraña razón,- un recóndito cable se conectó y me hizo ser consciente de que lo que me gusta no son tanto las historias de tus escritos , sino la habilidad que posees para contarlas .Sí, definitivamente, más que la noticia, (que también), lo que me encanta es el mensajero. Tal vez por ello, me ha invadido una especial emoción, provocada por la sutileza con la que,- entre las líneas del ensayo-, se van entretejiendo los datos biográficos y las reflexiones del célebre “ensayista primigenio”, Michel de Montaigne. Y,-aunque esta obra alcanza, e incluso sobrepasa, las cotas de calidad de las precedentes-, tiene como añadido excepcional, el haber sido la última que escribiste antes de tu suicidio en Brasil.
Impresiona la presencia de muchos párrafos aún sin terminar, y la de otros que finalizan con puntos suspensivos, esperando ser desarrollados más adelante, cosa que, evidentemente, nunca llegaste a realizar.
No comprendo que alguien que es capaz de pergeñar unos textos tan brillantes y llenos de contenido, decida dimitir de la vida. ¿Por qué lo hiciste, mi infortunado amigo? ¡Me hubiese gustado tanto estar a tu lado para disuadirte! Sin embargo,transitando por las páginas de tu libro, he encontrado citas tan inquietantes y premonitorias como aquella en la que Montaigne, bajo inspiración senequiana, se refiere al suicidio: ”La muerte más voluntaria es la más hermosa. La vida depende de la voluntad ajena; la muerte, de la nuestra”.
Una pena que así lo entendieras, querido Stefan.
De cualquier forma, quiero que sepas,- allá dondequiera que te encuentres-, que siempre estarás vivo en mi recuerdo.
¡Hasta siempre, amigo!
Tordon

PD: Perdonad, blogueros, que os haga llegar esta carta que en principio no iba dirigida a vosotros, pero ante la ausencia de dirección conocida donde enviarla, creo que sois las personas más indicadas para recibirla.

domingo, 22 de febrero de 2009

Reloj de arena: El desierto

Aunque – por razones profesionales - mi vida transcurre en un entorno “densamente poblado”, me considero, paradojas de la vida, un individuo que tiende de manera natural a la timidez y al silencio. Por eso, la primera impresión que experimenté al asomarme a las dunas de Chigaga, fue la de un niño que se reencuentra con el deseado y ancestral regazo materno.
Dicen que cuando se visita el desierto, resulta inevitable soportar el inmisericorde cuchillo de la soledad. Pero no es cierto. La soledad presupone referencias en la memoria, y ningún recuerdo acudió a mi mente al contemplar aquella inabarcable extensión de arenas doradas, aquel estremecedor horizonte desosado bajo la inefable luz del crepúsculo.
Y es que en esos espacios yertos, en ese vacío infinito, en esa extensión denudada, se siente el viajero abducido por una fascinación hipnótica, por una percepción cuasi mística que brota del contacto con lo absoluto; subyugado por la autarquía de la penuria extrema de estos remotos paisajes, escuchando tan solo los latidos del propio corazón, siente bullir en la mente una vertiginosa borrachera de los sentidos, una intensa emoción que, lejos de desaparecer, se ancla para siempre en el alma.
E inmerso en ese camafeo de ocres y belleza muda, se percibe la insignificancia de la propia identidad y te sorprendes observándote como un converso animista que glorifica a los ignotos genios de la arena .Genios que, ajenos a tu estremecimiento, van borrando las huellas de los propios pasos.
Y es en esta estética de la vacuidad, en esa “pureza de la rarefacción” (que tanto maravillaba a Lawrence de Arabia), cuando el ego pierde su sustancia y se asiste al cálido encuentro entre la excitación de la mente y la benefactora indiferencia del desierto.
Cuando solo resta esperar, - centinela humano-, que Venus te reconcilie con el Universo.

jueves, 19 de febrero de 2009

Reloj de Arena: La ilusión de la evasión

He saturado el paladar con el sabor dulzón de los tajins de ciruelas de “la Fíbula”, refrescado cuerpo y alma en las aguas del sagrado oasis de Abd-er-Rahmane; He contemplado el nacimiento de la luna en el horizonte pedregoso de la llanura de Foum Zigi , degustado los dátiles suculentos de las palmeras de Zagora, postrado ante el marabut funerario de Tangroute, bebido el té a la menta que prepara Omar en la Cascada de Tizguí; Me he deleitado con la arquitectura de adobe de la kasbah de Taourit y con las abigarradas construcciones del ksar de Tisergad; He vadeado el Draa a lomos de un asno en la colina de Ait-Ben-Hadou; He sorbido con deleite la sopa harira recostado sobre alfombras de policromía exuberante bajo la sombra de Marlenne Dietrich ; He fotografiado nidos de cigüeña rodeados de almendros en flor en el agadir de Tamdaght; He aprendido a elaborar el crujiente “pan de arena”, me he sobrecogido ante la soledad de las dunas de Chigaga, cantado y calentado ante el fuego que ilumina las ascéticas jaimas nómadas en Mahamid, soportado inclementes friegas en los hamman públicos a manos de africanos corpulentos, contemplado Venus en el desierto como precursora de un diluvio de estrellas…

Pero ahora, de vuelta al hogar, compruebo que nada o poco ha cambiado en mí, y veo en las fotos un desocupado fantasma en mundo ajeno, un guiri disfrazado de Coronel Tapioca, un Indiana Jones de pacotilla, un sarpullido incómodo sobre la tersa piel de arena…
Y al final -resignado- comprendo que soy víctima inocente de ese fuego fatuo que devora a sus hijos, de ese etéreo síndrome que algunos han dado en llamar “La ilusión de la evasión”.



Foto: Mi gafas de sol tomando el ídem sobre las cálidas dunas de Chigaga

miércoles, 18 de febrero de 2009

Reloj de arena: El té



Cuenta Zikra que todo el universo se encuentra en la tetera. Más exactamente, la sinia (bandeja) representa a la tierra, la tetera al cielo, los vasos a la lluvia. El cielo, a través de la lluvia, se une a la tierra.
También explican los bereberes que el primer té que se toma (de una tetera) es amargo como la vida; el segundo, fuerte como el amor; el tercero, dulce como la muerte.

Y yo, ocupado en edificar castillos y sueños sobre la arena, nunca tomé más de dos.

martes, 17 de febrero de 2009

Otro S. Valentín estéril

Ayer, qué día más triste, sin noticias tuyas, y yo aquí, rumiando mi pena, lágrimas pleonásmicas, redundante goteo, sollozos, hipos, fíjate tú, justo ayer, S. Valentín, un día tan señalado, fustigado por el látigo de tu indiferencia, víctima del olvido, hasta los renglones me salían torcidos, y tú, tan tranquila, cantando, seguro, escribiendo en el blog, ajena a mis pesares, y yo, siempre esmerándome en proporcionarte continuo aburrimiento, mimos anestésicos, juntando letras como flores para ti, y solo me resta- despechado- apurar el jugo de las uvas malditas, uvas de la desesperación, y no te extrañe si ves borrosas las letras de esta carta, desleídas en mi llanto, emborronadas por la melancolía…

martes, 3 de febrero de 2009

¡ Sniff !


Cuando nos invade la tristeza de la lejanía, una semana dura como tres inviernos.

¡Hasta el invierno del 2012!


PD: Esta entrada, -en mi ausencia-, admite comentarios especulativos, halagos, piropos, reproches, ahogos, desahogos, lágrimas, declaraciones de amor y deseos de que me vaya a tomar por el saco.

Pero, ¡ojo!: Prometo , a mi vuelta, contestarlos todos, especialmente los últimos.