Existen momentos en la vida de un hombre en los que resulta inevitable cuestionarse la propia valía, dudar de uno mismo y admitir que los años no pasan en balde.Hoy, fue uno de ellos.
Al principio, todo iba bien; noté que mis músculos se desperezaban lentamente y que mi organismo comenzaba a entrar en calor. Pero sentir la cercanía de aquellas piernas esbeltas y fibrosas y aquel aliento perfumado tan próximo, hizo que yo, (como haría cualquier hombre), redoblara los esfuerzos. Transcurridos pocos minutos, comprendí que el cuerpo no seguía a la mente:
-Esta chica es demasiado joven- pensé para mis adentros
Pequeñas gotas de sudor comenzaron a cubrir mi frente, y en la estancia,- cerrada y con poco luz-, resonaban los jadeos. Y fue en aquellos angustiosos instantes cuando sentí,- como losa opresiva sobre el diafragma-, el cercano Roscón de Reyes, el cava, los mojitos y los Polvorones de la Estepeña.
Ella, sin percatarse de mi verdadera agonía, susurraba de vez en cuando:
-¡Vamos, ánimo!
Mi resuello ya era escandalosamente ostensible, el corazón latía a una velocidad inusitada, pequeñas punzadas se clavaban en la espalda y yo, tratando de disimular los ahogos, ponía todo de mi parte para no desfallecer.
Pero ella, sobrada de juventud y arrestos, no cesaba de azuzarme:
-¡Más deprisa, más deprisa!
Mi orgullo varonil estaba ahora en entredicho y sacando fuerzas de flaqueza apuré hasta la última de mis energías para no decepcionarla.
Sin embargo, mi eficiencia no debía ser la esperada, ya que, de sopetón, me gritó:
-¡Déjalo, déjalo! ¡Otro día lo harás mejor…!
Y sin contemplaciones, me arrojó la toalla que permanecía doblada sobre una de las barras de la cinta de correr.
-Toma, sécate el sudor.
-No es sudor, son lágrimas- contesté yo compungido.
Y mientras me desmoronaba sobre el banco de abdominales, pensé en lo duro que era el “footing indoor” y lo crueles que se mostraban las monitoras de mi gimnasio.
Y poco respetuosas con las canas.





