Ya os expliqué que las fiestas navideñas, en general, me hacen ilusión. Pero también reconozco que hay unos cuantos detalles que no me acaban de convencer.Obviando la hipócrita “cara de bueno” que todo el mundo insiste en poner- inútilmente- durante las fiestas, una de las cosas que menos me agrada es la creciente manía de adosar a las fachadas un "Papa Noel trepador". Cada día son más grandes, gordos y numerosos. La crisis les trae sin cuidado y se multiplican como una plaga rojiblanca. ¡Estamos invadidos!
Mi vecino puso uno de esos papanoeles alpinistas en una ventana próxima a la mía y por las noches, cuando llego a casa, me da un respingo advertir su regordeta figura cerca de mi habitación. Como lleva saco, siempre lo confundo con un ladrón y me mosqueo. Es decir, que en vez de excitar la fantasía, me da miedo. Además, a la menor racha de viento, -no aguantan ni dos días-, todos penden como verdaderos ahorcados… Deprimente. ¿No?
Yo soy más de Reyes que de Papa Noel y, la verdad, no llevo nada bien esa indumentaria chillona que incorpora los colores de la multinacional del refresco o –peor aun-, los colores del Sporting.
Así que tengo pensado que, simulando regar las plantas, mis hijos le propinen una patadita al susodicho y que, con un poco de suerte, logremos que ruede tejas abajo.
Y ya me imagino mi propia voz de “padrino” para adiestrarles:
-“Sobre todo, chicos, que parezca un accidente…”
Tordon
PD: En esta época de bondad, paz y felicidad navideñas, el andar pensando como un mafioso me deja el cuerpo fatal, pero…