
En una pirueta circense, en una paradoja absurda, ahora que comienza a brillar el sol del estío, abandono el anonimato de las gafas oscuras y echo el cierre a este rocambolesco almacén de frivolidades virtuales.
Y es que ha llegado- inevitable, como la muerte- la hora de soñar a tiempo completo con el mundo real.
Me despido, pero no creas que te irás de rositas: No pienso marcharme hasta que me asegures – inequívoca y postrer caricia -que no me olvidarás.