Tras un ímprobo trabajo de campo, manejando un detallado muestreo surgido de sectores estadísticamente significativos de la población, (mi primo, mi suegra, cuatro amigos y el gato), he llegado a la irrefutable conclusión de que al mundo no lo mueve el “Amor”, sino la “necesidad de Amor”.Los hombres, presumidos simios ilustrados, obviando su tenue pintura social, se vuelven altamente vulnerables al influjo imperativo de los instintos primarios; esos instintos que, en forma de impulsos, perviven incrustados en los genes desde tiempos ancestrales. Y estas retorcidas cadenas helicoidales, nos recuerdan, testarudas, día tras día, que sí, que aunque nos pese, necesitamos ser queridos.
Y si nos preguntamos para qué pelea un político, por qué ayuda a los necesitados una monja, por qué investiga un científico o para qué hace gracias un payaso, podemos contestar, sin temor a equivocarnos, que lo hacen simplemente para que les quieran, para obtener la aprobación, el afecto y el cariño de- respectivamente-, los ciudadanos, Dios, la doliente Humanidad o el público en general.
¿Para qué sufre una madre, lucha un empresario, se esfuerza un deportista, llora un niño, opera un cirujano, danza un bailarín, compone un poeta, canta una diva o trabaja un minero?
No tengo dudas: Para que les quieran.
Por cierto, ¿sabéis para qué escribo yo en este blog?
Sí, efectivamente, lo habéis adivinado.