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jueves, 9 de septiembre de 2010

Sin mamas no hay paraíso

Harto ya de escribir tonterías en este blog, disertaré hoy sobre las mamas, esas protuberancias femeninas de tan nutricia esencia.
Es decir, que cambiaré las tonterías por las mamonadas.
Pero es que no alcanzo a explicarme el atávico hechizo, la recurrente fascinación, el obsesivo embrujo , que ese conjunto de racimos galactóforos, tejido conectivo y acinos glandulares (silicona incluida) despierta en la mayoría de los varones púberes.
Quiero creer que semejante actitud es el resultado inevitable de una relación maternal mantenida (y dependiente) en mamíferos tan fantasiosos, glotones y previsibles como los seres humanos de sexo masculino.
Yo, cuando era bebé- lo reconozco- mantuve mi dieta largo tiempo a costa del pecho materno.
Sí, es verdad, era un poco mamón.
Pasaré por alto el pensamiento de algunos lectores que consideran que poco he cambiado con los años, pero resulta bien cierto que tan prolongada actividad dejó en mi ánimo una profunda querencia por el envase.
Y compadezco a los pobres mozalbetes de hoy día que, para tener fantasías eróticas, tienen que permanecer durante largo trecho frente el frío escaparate de las farmacias.