Manifiestan los expertos que la música es un elemento primordial para lograr el equilibrio afectivo, intelectual, sensorial y motriz; que la melodía mejora la dicción y el pensamiento lógico; que el cántico potencia la sociabilidad, la expresión corporal y las habilidades aritméticas e idiomáticas.Sin embargo, ninguna de esas etéreas bondades percibí entre las butacas del teatro Campoamor cuando “Casta Diva” , el aria más conocida de Norma, planeaba sobre el silencio sepulcral de los ovetenses allí congregados.
Solo fui consciente de que mi corazón se anegaba de dulces pensamientos, de que mis nervios vibraban al unísono con las estrofas, de que se me hacía un nudo en la garganta y se me humedecían los párpados, y de que todos y cada uno de los pelos de mi cuerpo se erizaban como púas.
Una escenografía minimalista, sustentada en una cálida amalgama de luz y sombras focalizaba la atención en las magníficas voces de una genial soprano Radvanovsky, un extraordinario bajo Colombara, y una espectacular mezzo Zajick. La representación constituyó todo un hito en la ya veterana temporada de Ópera de la ciudad.
Pero como vano resulta tratar de describir las sensaciones de un espectador arrebolado ante la belleza musical, permitidme que, al menos, os cuente el argumento de esta obra de Bellini con un libreto de Romani inspirado en la Medea antigua:
Pollione, procónsul romano en la conquistada Galia, se enamora perdidamente de Norma, una joven hechicera druida con la que tiene varios hijos. Pero ya se sabe el riesgo que entraña el ver el mismo careto al levantarse todas las mañanas, y- cogida la marcheta en la seducción de novicias-, el guerrero se enamora perdidamente de Adalgisa, otra virginal sacerdotisa notablemente más joven y- suponemos-más explosiva que su colega de convento.
Ante tamaño desprecio, Norma- que es de armas tomar- planea una terrible venganza: No solo levantará al pueblo oprimido contra el invasor (encabezado por su marido) sino que incluso valora la posibilidad de darle al adúltero donde más le duele, es decir, eliminando a sus propios hijos.
Al final, triunfan el arrepentimiento, el amor, y el sentido común y ambos terminan en la hoguera, aunque perdonándose mutuamente y quedando para tomar una copa en la disco del Paraíso en cuanto termine el verdugo.
“Tu hoguera, Norma, es la mía.
Allí, más puro y más santo
Empieza el amor eterno…”
¡Uf!
PD: Me abstengo deliberadamente de incidir sobre otros aspectos enjundiosos de este drama, tales como la competencia de dos mujeres por el amor de un varón, el dilema entre el amor a los hijos y al marido, y otros matices que tan solo las mujeres saben valorar en su justa medida.
Y como yo ya tengo bastante con lo mío, delegaré en Conguito- a la que vi entre el público-y a todas las demás lectoras de este blog para que hagan las matizaciones pertinentes.
Porque de esos temas tan escabrosos, los varones no tenemos ni idea.
Y si la tenemos, mejor nos la callamos.