No obstante, creo que este asunto de los idiomas siempre acaba derivando en absurdas controversias, aunque si consideramos que la palabra “idioma” proviene -etimológicamente hablando- del griego “idios”, (peculiaridad, idiosincrasia, propio) y del sufijo “ma” (realización), no resulta de extrañar que cuando alguien se refiere a su lengua materna lo haga desde un punto de vista ombliguero, es decir, irremediable y putapénicamente subjetivo.
Resultan bien conocidas esas rimbombantes sentencias populares que proclaman: “El alemán es el idioma para hablar con los soldados, el francés para hablar con las mujeres y el español para hablar con Dios”
Carlos I, que iba de “sobrado imperial” añadía:” Y el inglés para hablar con los caballos"
Queda claro que entre las virtudes del emperador no figuraba la de la premonición clarividente.
Siempre ha existido el lanzamiento de dardos a costa del idioma, a pesar de que algunos – como Musset- trataron de apaciguar el litigio sublimando la polémica: “El único idioma universal es el beso”.
Otros, por el contrario, tratan de solucionar el enredo por la vía del escepticismo: “Pronto no necesitaremos aprender idiomas, aullar será suficiente..."
Hace escasos días, mi amigo Pepe recordaba una anécdota respecto a las disputas idiomáticas:
Cuentan que Federico II de Prusia y Voltaire se llevaban bastante bien, aunque de vez en cuando se lanzaran alguna “puyita” nacionalista:
-“El alemán es un idioma sonoro, con grandes dosis autoritarias. - decía el franchute- Estoy seguro que Dios utilizó el alemán para echar a Adán y Eva del Paraíso…”
-“Tal vez fuera así, -respondió el prusiano- , pero es probable que previamente la serpiente le susurrara a Eva en francés…
¡Autoritarismo y seducción, vaya mezcolanza letal!
Y ahora que lo pienso- y siendo mi mujer de Barcelona-, queda claro que el catalán hunde sus raíces en una notable inspiración franco-germana.
Le rezaré a Dios- en español- para que la vida me pille confesado.