
Y es que notaba en mi interior cómo la eclosión primaveral hacía vibrar mis fibras más sensibles, tensaba mis músculos, despertaba mi fantasía y arrebolaba mi espíritu en la vorágine del blanco de las nubes, el verde de los campos y el límpido azul del cielo.
Y verde y blanco y con una luz azul en el techo también era el vehículo que a la altura de Arévalo me hacía señas para que me detuviera en el arcén. Y -¡qué casualidad!-también era verde el uniforme del individuo que de él descendió, blancos sus ojos y azul el talonario que esgrimía en la mano izquierda. El susodicho, con la diestra, y con la prestancia de un general, me brindó un varonil saludo castrense. Pero rápidamente escondió la mano y lanzó la piedra:
-“Ha sido usted detectado por el radar circulando a 141 Km por hora”
Preso de la astenia primaveral no acerté a replicar con un argumento convincente, tal como, por ejemplo, que un inoportuno calambre en el gemelo de mi pierna derecha había sido la causa de una involuntaria y transitoria contracción espasmódica sobre el pedal del acelerador…
Solo acerté a responder:
-¿Está usted seguro de que la medición de esos aparatos es fiable?
Solo acerté a responder:
-¿Está usted seguro de que la medición de esos aparatos es fiable?
Y aquel individuo verde -que no era marciano, sino de la DGT- enarcó las cejas y se limitó a comentar:
-Permiso de conducir, por favor.
-Permiso de conducir, por favor.
Y yo, de buena fe, dispuesto a una colaboración sin límites, vacié ante sus ojos todo el contenido de mi guantera: Permiso de circulación, DNI, pegatina de la ITV , un carnet caducado del Real Oviedo, una gamuza anti-empañante Vileda, dos paquetes de Kleenex, una cajita de Smint, tres peines de hotel, dos bolis resecos, una goma del pelo, un casette de Bob Dylan , otra del pop español de los 60, un lápiz sin punta, dos toallitas jabonosas, tres pares de gafas, cuatro Choca-Pic, cinco Frosties, media galleta Tosta-Rica y una navaja de Albacete.
Y cuando el atribulado agente me ofreció una hoja de su talonario- que yo bien pensé que, dada mi generosa colaboración-, sería una papeleta para la rifa de la Cesta de Navidad de la Benemérita- comprobé que se trataba de una sanción de 300 euros, si bien es cierto que -¡ya es primavera en el Corte Inglés!- tenía una rebaja del 50% si el pago se efectuaba antes de 15 días.
Pero nada sabían esos ingenuos funcionarios de la persona a la que se enfrentaban, eran desconocedores que- con su actitud- habían despertado en mí a la fiera que llevo dentro, y al marchar, sibilinamente, a traición, les hice una foto con el móvil mientras ellos- ajenos a su desgracia-se fumaban tranquilamente un cigarrillo dentro del coche, lugar que- en su caso- puede considerarse lugar público y centro de trabajo.
¡Mi venganza será terrible!
¡Mi venganza será terrible!
Aunque, ahora que lo pienso,- ¡malditas prisas!-, no me acorde de pedirles la dirección a la que enviarles la foto del delito, así como tampoco les facilité los veinte dígitos de mi cuenta corriente en donde podrían hacerme efectivo el importe de la grave sanción que conlleva el fumeteo ilegal.
¡Mecagüen…!
¡Mecagüen…!
Bueno, pensándolo mejor, en vez de descargar mi furia sobre el cruel brazo ejecutor del Estado, voy a echarle la bronca al listillo que me vendió “ese sofisticado e infalible anti-radar láser de última generación”
¡Grrrrr…!