
Algunas ansiedades son contagiosas.
Hace tiempo, entre vodka y vodka, mi amigo Tolstoi me habló de la gélida negrura de la Nada Eterna, del gran agujero escondido tras la efímera existencia de los hombres, de la grieta profunda y estrecha que se hunde en el alma del que toma conciencia de que, tarde o temprano, va a ser devorado por una sombría criatura de negro; de ese labio oscuro e invisible- insidiosa angustia- que absorbe la savia y el dulzor de nuestros valores más queridos, de nuestros sentimientos más exacerbados, de nuestros esfuerzos más ímprobos, de nuestros sueños más tiernos…

Y así, imbuido de estas lúgubres reflexiones, realicé una sola pregunta al "Gran-Maestro" en el Monasterio de Mandalay:
-¿Cómo se evita la angustia ante la Nada?
-La clave,- me contestó- estriba en ensayar diariamente el último instante de la vida. Y esta destreza solo se obtiene con la meditación. Lleva mucho tiempo, pero al final, se alcanzan la paz y la iluminación.
Y estoy de acuerdo , porque yo, cuando medito, me transformo en un beatífico remanso de paz.
Pero disiento en lo del tiempo: Entre la concentración, el silencio, y la iluminación escasa, antes de los cinco minutos, ya duermo como un bendito.