Dice el Porquero que tengo una tendencia irrefrenable a ilustrar mis entradas con féminas de generoso escote.
Pero no, no es cierto. (Lo de “irrefrenable”).
Y para demostrarlo, y como los años no pasan en balde, y como Dios los cría y ellos se juntan, en estos gélidos días del otoño de mi vida, he cambiado mi SMS (Super-Motera-Samanta) por una dulce sor- presa escondida tras las húmedas paredes del Monasterio de Porta Coeli (Trujillo ,Cáceres).
Y a pesar que ésta es una tierra de conquistadores (que no donjuanes), y que mi residencia se ubicaba en una villa de alto contenido sexual (Torrecillas de la Tiesa), hube de rendirme a la evidencia que somos algo más que un pedazo de carne y huesos ,y que un inasible hálito de inmortalidad guía nuestras emociones.
Y es que el calor de las pausadas palabras, los densos silencios, las tímidas sonrisas de tan seráficos seres lograron que se me sobrecogiera el espíritu, se me desentumeciera el alma, haciéndome consciente de que tras unos muros recubiertos de hiedra y tiempo todavía es posible un utópico mundo feliz en el que el dinero, el sexo, las drogas y el rock and roll estén ausentes.
Y al ver los mimos que – junto a la comida- estas angelicales criaturas administran a los pobres ancianos, no he podido evitar acordarme de un amigo mío de Gijón que acaba de cumplir años y al que tan bien le vendrían tan primorosos cuidados.
En resumen, que he buscado desesperadamente el cielo en estos días de asueto, pero los ibéricos y los gin-tonics -incorregible pecador- no me dejaron ver el bosque.
Sí, definitivamente, cuando sea mayor, quiero ser monja.